Las muestras Baja California · 1/5

El minarete de la Prepa

Tijuana



UnoLos patios grandes

Mi jefa trabaja en la cocina de la Federal, la prepa que está sobre el bulevar Agua Caliente, la que tiene la torre que parece que la sacaron de otra ciudad y la pegaron ahí con Resistol. Le dicen el minarete. Yo no sabía qué era un minarete hasta que la maestra de la primaria nos lo explicó con una foto, y hasta entonces creía que era nomás una torre rara que se veía desde la calle. Si nunca has estado en Tijuana te lo digo rápido: el bulevar es ancho, con camellón, y desde media cuadra ya se ve la torre asomando por encima de los árboles antes que el edificio completo.

La primaria está pegada a la prepa, cerca pero no es lo mismo, y a mí me tocaba quedarme en los patios grandes de la prepa hasta que mi jefa terminaba su turno. Los patios grandes no son de mi escuela. Son de otra gente. A la salida, ya cayendo la tarde, se llenan de morros de la prepa con las mochilas abiertas y el bullicio de cuarenta radios distintos y alguien siempre gritando un nombre que no es el mío. Yo me sentaba en la jardinera de la entrada del ala de abajo del minarete a hacer la tarea, o a no hacerla, y wachaba.

La Federal era un casino antes. Eso lo sabe todo el que va. Cerró en 1935 y luego, ya después, lo volvieron escuela. Nadie en mi salón le da vueltas a eso. Es un dato, como que el edificio de enfrente antes fue farmacia.

Mi jefa se levanta a las cuatro de la mañana para tener los frijoles listos antes de que lleguen los de primer turno, y ese horario no lo puso la escuela: lo puso la garita. En la Federal hay un montón de morros que viven del otro lado, en San Diego, con la familia repartida entre acá y allá, y cruzan la línea caminando desde las cinco para llegar a clases aquí en Tijuana, donde les queda la escuela, los abuelos, o nomás la costumbre. Si mi jefa no tiene el desayuno listo cuando ellos entran, se van a la primera clase con el estómago vacío desde el otro país. Yo la oigo salir por el pasillo del depa, con las llaves, con la bolsa del mandado que usa de lonchera, y me vuelvo a dormir hasta que suena el despertador de a de veras. Mi tío Nayo, que está del otro lado desde hace como seis años, le manda dólares cuando puede, y con lo último que mandó mi jefa se compró un refrigerador nuevo, más grande, porque el de antes ya hacía puro ruido. Eso también es un dato de mi casa, no de la prepa, pero ahí va.

Yo tenía once años ese semestre y una libreta de resorte que no era para la tarea.


DosLa libreta

La libreta era mía desde tercero. Tapa azul, resorte torcido, y adentro no había ni una tarea: nomás cuentas. Quién me debía qué.

No es que fuera coda. Mi jefa dice que sí, que soy bien coda, pero no es eso. Es que a mí no se me olvida nada de lo que se debe, y si a mí no se me olvida entonces la deuda sigue siendo deuda aunque el otro ya ni se acuerde. Una torta que le presté a la Pili en abril y nunca me pagó. Dos pesos de la máquina de dulces. Un turno del columpio que me robó un morro de sexto y que yo me cobré después, con intereses, dejándolo esperando cuando le tocaba a él. Media hora de mi cuaderno de dibujo que le presté a otra morra y que me devolvió al otro día, así que eso ya estaba pagado y lo taché.

Llevaba como quince deudas anotadas cuando pasó lo del ala.

La Pili decía que estaba yo mal de la cabeza por eso.

La Pili nomás resoplaba y se iba a jugar a otra cosa, y yo me quedaba con mi libreta abierta en la rodilla, en la jardinera, wachando a los de la prepa entrar y salir del ala de abajo. A esa hora de la tarde el ala de abajo siempre estaba llena. Mochilas en el piso, alguien sentado en cada escalón, varias bocinas de teléfono compitiendo entre sí, y el olor a las papas del carrito de afuera metiéndose por la puerta. Yo lo veía todos los días. Se me quedó grabado de tanto verlo: así se ve un pasillo lleno.

Y entonces una morra de la prepa, de las grandes, me quedó debiendo.

Fue una tontería. Un jueves le guardé el lugar en la fila del camión de las tortas porque a la hora del receso la sacaron de clase: se iba con su jefa a la línea, a una cita para lo de la visa, de esas que si no llegas a tiempo se te va todo el año. Me dijo que me debía una torta y que al otro día me la pagaba. No me la pagó al otro día. Ni al siguiente, porque anduvo dos días sin venir a la escuela, entre la fila y quién sabe qué tanto papeleo del otro lado. Cuando por fin volvió y le cobré, bien clarito, ella se rió y dijo «ahorita, ahorita» y se metió corriendo al ala de abajo, para el lado donde está cerrado con una reja como desde siempre, el pasillo que nadie usa porque dicen que ahí ya no dan clases.

Yo la seguí. Con todo y libreta.


TresEl ala vacía

Eran como las cuatro y media, que es cuando mi jefa todavía anda guardando trastes y a mí me queda esa media hora suelta antes de que salgamos. A esa hora el ala de abajo debería estar igual de llena que siempre, o más, porque a las cuatro y media es cuando se juntan ahí los que cruzan de regreso, los del otro lado, esperando a que baje el tráfico de la garita antes de caminar para allá. Yo lo sabía de memoria: a esa hora, en ese pasillo, hay como cuarenta personas siempre. Mínimo.

No había nadie.

Ni una mochila en el piso. Ni una bocina. La reja que siempre está cerrada estaba abierta un poco, lo justo para que pasara alguien flaco, y yo soy flaca. Me metí.

El pasillo de ese lado tiene el piso de mosaico, uno chiquito, blanco con una franja negra, distinto del piso normal de la prepa que es de cemento pintado. Eso se me quedó: el mosaico. Se sentía más frío bajo los tenis, como si fuera de otra casa metida adentro de la escuela.

Caminé buscando a la morra. Debí llegar a la puerta del fondo en treinta pasos, que es lo que se ve desde la reja, pero me tardé. No sé cuánto exactamente, pero me tardé como quien camina y camina y el pasillo no se acaba, como cuando en un sueño corres hacia algo y no avanzas aunque muevas las piernas. Los pasos que daba no se sentían como los de siempre. Se sentían para más.

Y entonces, al fondo, detrás de un vidrio, la vi.

Una mujer, bailando. No tocaba el piso. Tenía los pies un poco levantados del mosaico, sin esfuerzo, como el que flota en una alberca sin nadar. Estaba de espaldas a mí, vuelta hacia el otro lado del cuarto, y aunque se movía despacio y dio como medio giro, nunca giró lo suficiente para que yo le viera la cara. No sé cómo explicarlo mejor: era como si el cuarto mismo no la dejara voltear del todo, como una puerta que se cierra sola hasta cierto punto.

Duró lo que dura mirar. Ni sé cuánto es eso. No he vuelto a verla así de clara desde entonces. Después ya no había nada detrás del vidrio, nomás el cuarto vacío, y el pasillo, cuando volteé, medía lo que siempre había medido: treinta pasos, la reja, la luz de la tarde entrando por la puerta de siempre.

No encontré a la morra. No me acuerdo ni de su cara, la verdad, y eso que fue ella la que me metió ahí.

Salí. Mi jefa ya me andaba buscando con la bolsa del mandado en la mano.

Y no le dije nada más, y ella tampoco insistió, porque traía prisa por la calafía.


CuatroLo que dejé de cobrar

Los días me acuerdo yo sola, uno por uno, como si los tuviera anotados en otra libreta que nadie más puede leer.

El lunes no dormí. Me acosté a la hora de siempre y me quedé con los ojos abiertos viendo el techo del cuarto, sin sueño, sin nada, esperando que llegara la mañana. En la escuela andaba con la cabeza como llena de agua.

El miércoles no comí. Mi jefa me puso el plato de siempre, frijoles con huevo, y lo vi y se me hizo muchísimo, como si me hubiera puesto tres platos en uno. Comí un par de bocados y dije que ya no quería. Ella no dijo nada esa vez. Pensó que andaba yo enferma del estómago.

El viernes me quedaban flojas las mangas del suéter. No me di cuenta yo. Me lo dijo la Pili en el recreo, jalándome la manga.

Y era cierto que no era cierto, pero yo no tenía ganas de discutirlo.

Y dejé de cobrar. Eso fue lo raro de verdad, más raro que lo de no dormir, porque lo de no dormir se le puede pasar a cualquiera. La libreta se quedó en la mochila, cerrada, sin una anotación nueva, y a mí ni se me ocurría sacarla. La Pili, que ya venía cargando con culpa por lo que me debía, un día llegó y me puso el dinero en la mano, los mismos pesos de siempre, completitos, y yo los agarré y los dejé caer en la bolsa de mi mochila sin guardarlos en ningún lado, sin apuntar nada, sin decir «ya era hora». Eso, más que lo del suéter, fue lo que le cayó mal a la Pili. Ella lo cuenta así: que supo que algo andaba mal conmigo el día que dejé pasar esos pesos como si nada.

El domingo mi jefa me llamó desde la cocina del depa, nomás mi nombre, y yo tardé. No sé cuánto tardé. Ella dice que fueron varios segundos y que le dio miedo. A mí se me hizo que la había oído clarito y al tiro, pero según ella la llamé de vuelta cuando ya iba a la puerta de mi cuarto a buscarme.

La Pili fue la que le dijo a doña Chelo.

Doña Chelo lleva como treinta años en la intendencia de la prepa, y la conoce toda la familia de por ahí, incluida la mía, porque a veces le ayuda a mi jefa con los trastes cuando hay mucha gente. Es de las que empujan el carrito de limpieza por los pasillos de arriba desde temprano y nunca se le oye quejarse, ni cuando hace calor, ni cuando algún morro le deja el baño hecho un cochinero.

La Pili la agarró en el patio, a la salida, con la mochila todavía sin cerrar bien y los cordones de un tenis desatados, y le dijo, sin rodeos, que yo andaba rara desde hacía como una semana, que no comía, que no dormía, que hasta me tardaba en contestar cuando me llamaban.

Doña Chelo no se ofendió. Sólo preguntó una cosa.

La Pili no supo qué contestar. Se acordaba de que sí, de que un jueves me había visto meterme por ahí detrás de una morra de la prepa, pero no se acordaba de habérselo dicho a nadie ni de por qué se le vino esa imagen a la cabeza justo entonces.


CincoEl doctor

Mi jefa me llevó al Seguro el jueves siguiente. Nos formamos desde temprano, con el papelito en la mano, y esperamos en unas sillas pegadas a la pared, mi jefa con el bolso en las piernas y yo sin ganas de ver la tele que tenían prendida arriba, en una esquina, con el sonido casi apagado.

El doctor me pesó. Me midió. Me apretó la panza y me revisó la garganta con la lucecita y me mandó sacar sangre en el laboratorio de junto. Yo me dejé hacer todo eso como si me lo estuvieran haciendo a otra persona, sin decir nada, sin quejarme siquiera cuando me picaron el dedo.

No encontró nada.

Eso desesperó a mi jefa más que si me hubieran encontrado algo. El doctor le dijo que a lo mejor era el cambio de horario, o algo que comí, o estrés de la escuela, y le recetó unas vitaminas que venían en un frasco café. Mi jefa las compró esa misma tarde en la farmacia de la esquina y me las empezó a dar con el desayuno.

De regreso subimos a la calafía en la parada de siempre, la que está frente a la prepa, y nos fuimos calladas todo el camino. Yo iba viendo por la ventana el bulevar pasando, los puestos de elotes, la gente esperando en las otras paradas, y todo eso se veía igual que siempre, nomás que a mí no me llegaba del todo, como cuando ves la tele con el sonido bajo.

Me tomé la vitamina esa noche con un vaso de agua y me la volví a tomar al otro día.

No sirvió de mucho.


SeisLa barrida

El martes, doña Chelo cerró su carrito de limpieza a media tarde —cosa que nunca hace, porque a esa hora todavía anda trapeando los pasillos de arriba— y bajó a buscarnos a la cocina.

Traía una bolsa de mandado. Adentro, un manojo de ruda, otro de romero, amarrados juntos con el mismo hilo, y un huevo envuelto en una servilleta para que no se quebrara.

Me paré. No pregunté nada, porque para entonces ya no me quedaban muchas ganas de preguntar nada.

Me pasó los manojos por todo el cuerpo, de la cabeza para abajo, nunca al revés, mascullando algo que no alcancé a entender y que capaz ni eran palabras de a de veras. La ruda huele a verde amargo, a una hierba que no quiere que la corten. Después agarró el huevo y lo hizo rodar despacio por mis brazos, por la espalda, por la nuca, apretándolo un poco contra la ropa. En la nuca se tardó.

Y entonces se enderezó frente a mí, tomó aire, y me llamó por mi nombre entero, apellidos y todo, con la misma fuerza con la que pasan lista los lunes en la asamblea.

Yo no dije nada.

Doña Chelo repitió el nombre, esta vez sin bajar la voz para nada. Y a mí se me hizo rarísimo, porque yo soy de las que oyen su nombre y voltean al toque, de las que no dejan pasar ni un préstamo sin cobrarlo. Pero ese nombre, el mío, se sentía como una cuenta atrasada, de esas que llevan días sin apuntar en ninguna libreta, y que alguien por fin venía a cobrarme a mí.

A la tercera llamada contesté, sin pensarlo, como quien firma de recibido.

Y me dieron ganas de llorar y me dio hambre al mismo tiempo, lo cual nunca me había pasado.

Doña Chelo rompió el huevo dentro de un vaso lleno de agua, lo estuvo viendo un rato sin decir nada, y luego tiró el agua en la coladera del patio. No explicó qué había visto. No explicó nada de nada, de hecho, en toda la tarde.

Lo último que hizo fue agarrar mi libreta —yo no me acuerdo de habérsela dado, pero la traía en la mano, y capaz mi jefa se la pasó— y caminar con ella hasta la reja del ala de abajo. La abrió, dejó la libreta en el alféizar de la primera ventana de adentro, y volvió a cerrar.

Y se fue a guardar su carrito de limpieza, que llevaba media hora sin cuidado en medio del patio.


SieteLa calafía de las nueve

Comí esa noche como no había comido en dos semanas. Dormí sin despertarme ni una vez. El jueves ya andaba otra vez en la escuela, y cuando la Pili me aventó una bolita de papel en la nuca me reí a tiempo, y ella se rió también, y ninguna dijo nada de lo que había pasado.

Me compré otra libreta esa misma semana, con lo que me quedaba de mi domingo. Tapa verde esta vez, con el resorte nuevo y sin torcer. En ésa apunto otras cosas: lo que me presta la Pili de tarea, un dibujo que le debo a mi jefa desde su cumpleaños, cosas así. Ya no llevo la cuenta tan apretada. La neta, tampoco es que me haya vuelto muy buena para perdonar deudas, porque hasta la fecha me sigue costando trabajo dejar pasar algo que se me debe. Nomás ya no llevo la cuenta de ésa.

Y hay una cosa que sí me quedó, y que no se la he contado ni a la Pili.

A veces, cuando salimos tarde de algo y agarramos la calafía por el bulevar ya de noche, como a las nueve, paso frente a la prepa y volteo para arriba, para el minarete. La torre se ve negra contra el cielo, con esa forma rara que ya conozco de memoria. Y en la ventana de hasta arriba, la que da al puro filo de la punta, a veces hay alguien parado.

No se mueve. No se asoma. Nomás está ahí, quieta, en un lugar donde, si uno se fija bien, no hay piso para pararse.

Yo ya no le digo nada a mi jefa cuando la veo. Nomás volteo para el otro lado de la calafía y espero a que lleguemos a la parada.