Las muestras Baja California · 2/5

La curva de Islas Agrarias

Valle de Mexicali



UnoEl valle

Los sábados me iba con mi tío Nando al valle, y eso quiere decir subirme a su troca a las seis de la mañana, cuando en Mexicali todavía se puede respirar sin que el aire te queme la nariz al entrar.

Entre semana yo usaba la calafía para ir a la escuela, la ruta de siempre, el mismo chofer que ya sabía en qué esquina me bajaba y que a veces me guardaba el asiento de atrás si me veía venir corriendo. El sábado era otra cosa. El sábado era la troca de mi tío, con el asiento de en medio hundido y el aire acondicionado que nomás no jalaba bien, así que uno de los dos siempre iba con el brazo afuera y el otro se aguantaba con la playera pegada a la espalda.

Vivo con mi jefa en el oriente de Mexicali. Mi tío Nando vive más para el centro, pero pasa por mí los sábados y nos vamos al valle, al Ejido Islas Agrarias B, donde tiene un terreno que no es suyo pero que cuida. Lleva y trae cosas en la troca: una bomba de agua, costales, una hielera con refrescos para los que están pizcando.

Ahí también vive mi prima la Kim, con su mamá, mi tía Sole. Mi tía se levanta a las cuatro de la mañana entre semana para cruzar a Calexico, donde limpia casas del otro lado, y llega tarde, de malas por el traffic en la garita, quejándose de que la señora para la que trabaja le habla puro inglés hasta para pedirle que le pase el trapeador. Los viernes llega con algo comprado allá: una licuadora, unos tenis, una vez una cobija con dibujos de ositos que ya no le quedaba a nadie pero que de todos modos guardaron en una caja.

En el valle no hay edificios que le hagan sombra a nada, así que el calor se pone en cuarenta y ocho grados y se queda sentado ahí todo el día como si fuera suyo y nadie más tuviera derecho a la sombra tampoco. Hay caña que suena cuando le pega el aire, aunque casi nunca hay aire. Hay canales de agua que corren derechitos entre los surcos, del color del lodo, con lirios acuáticos pegados a la orilla como si fueran parte del canal y no una planta aparte. Hay ejidos con nombre y con letra: Islas Agrarias A, Islas Agrarias B. Entre uno y otro la carretera va tan derecha, tan larga, que se le olvida a uno que las carreteras a veces se doblan.

Ésta se doblaba una sola vez, antes de llegar a Islas Agrarias B. Todo el valle conocía esa curva, la nombraban nomás diciendo «la curva», sin apellido, como si no hiciera falta explicar cuál.

De día no era nada. Un bordo de tierra, un poste torcido, un letrero amarillo ya despintado que decía CURVA PELIGROSA y que llevaba tantos años ahí que nadie lo leía.

DosLa llanta

Ese sábado llegamos temprano, descargamos la bomba de agua y los costales, comimos unas tortillas de harina que llevó doña Nica —una señora del ejido, amiga de mi tío desde hace mucho, que siempre le convidaba algo cuando llegábamos— y a las siete de la noche, cuando ya había refrescado tantito, nos subimos a la troca para regresar.

No llegamos ni al primer canal cuando la llanta trasera se ponchó con un golpe seco que hizo que mi tío pegara un volantazo antes de controlar la troca y arrimarla a la orilla.

Se bajó de malas. Sacó el gato de la caja, lo acomodó, y entre que levantaba la troca y aflojaba los tornillos se le resbaló la llave de cruz y le pegó al espejo del lado del pasajero. No se lo tronó completo, pero sí le hizo una telaraña de rajaduras que ya no servía para ver nada más que su propio reflejo repetido veinte veces.

Yo le sostuve la linterna del teléfono mientras él trabajaba, espantando zancudos con la mano libre. Nos tardamos como una hora entre la llanta y recoger los pedazos de vidrio del espejo, que se los fue guardando uno por uno en una bolsa del mandado para no dejarlos tirados en la carretera.

Subimos otra vez a la troca. Ya estaba bien oscuro, y mi tío manejaba sacando la cabeza por la ventana cada rato, porque del lado del espejo roto ya no veía nada, y del otro lado nomás estaban los surcos, negros, yéndose para atrás.

TresLa de blanco

Íbamos ya cerca de la curva cuando la vi.

Estaba parada del lado del copiloto, justo donde el espejo se había roto, como si hubiera escogido ese lado a propósito porque sabía que ahí mi tío no la iba a ver venir. Vestida de blanco, de pies a cabeza, con esa cofia almidonada que traen las enfermeras en las fotos viejas de mi abuela, la que ya casi nadie usa. No traía bolsa ni maleta ni nada con qué pedir aventón. Nomás estaba ahí, parada en la orilla de la carretera, quieta como un poste.

Tocó el vidrio con un nudillo. Toc, toc. Despacio.

Mi tío frenó de golpe, con las llantas rechinando en el asfalto todavía tibio. Yo me quedé sin moverme, viéndola por encima del hombro de mi tío, y ella nomás me vio a mí, no a él, y dijo una sola cosa, corta y sin apuro, como quien pide que le pasen la sal en la mesa:

Y se quedó viendo hacia adelante, hacia la curva, como si ella tampoco pudiera dejar de mirarla.

Mi tío no le contestó nada. Metió el freno de mano y se bajó despacio, con la linterna del teléfono ya prendida, caminando hasta pasar la curva. Yo me quedé adentro, con las manos frías a pesar del calor que todavía soltaba el asfalto, viendo su espalda hacerse chiquita en la oscuridad.

Y ahí sí había algo: un costal caído de quién sabe qué troca, tirado a mitad del carril, del tamaño justo para hacer que alguien se saliera del camino si no lo veía a tiempo, en la curva, de noche, sin espejo del lado bueno.

Lo quitó. Lo arrastró hasta la orilla. Volvió caminando, ya sin apuro, y se subió.

Volteamos los dos, yo hacia el vidrio, él hacia el espejo roto que ya no le servía para nada.

Ya no estaba. No había ni rastro de dónde hubiera podido meterse: ni casa, ni árbol, ni troca parada más adelante. Nomás el canal, y la caña, y la carretera vacía.

Mi tío se persignó, despacio, sin decir nada, y metió primera.

CuatroYo lo vi

En el ejido lo preguntaron el domingo, porque mi tío se lo contó a doña Nica mientras le regresaba el molcajete que le había pedido prestado, y doña Nica se lo contó a media caña, y de ahí ya se supo, como se sabe todo en un lugar donde no hay más que un camino de entrada y uno de salida.

Eso era cierto. Casi todo cierto.

La segunda vez que lo conté, ya en la escuela, entre clase y clase, le agregué que yo fui el que gritó que frenáramos, y no mi tío el que vio venir el peligro solo. La tercera vez, con la Kim, en su patio, ya dije que yo había sido el que se bajó a ver qué había tirado en la carretera, cuando la neta ni me moví del asiento en ningún momento.

No sé por qué me pasa esto. No lo planeo. Alguien hace algo bueno cerca de mí y yo, sin querer, me voy metiendo despacito hasta quedar en medio, como el agua que encuentra por dónde colarse aunque uno no le haya hecho el canal. En la escuela había pasado con un gol que metió el Beto y que yo terminé contando como si el pase decisivo hubiera sido mío. Con una tarea de la Kim que yo nomás le presté el lápiz y acabé diciendo que la habíamos hecho juntos.

La quinta vez que conté lo de la curva, a unos compas de la secundaria, ya nomás dije que había visto algo tirado en el camino y había hecho que mi tío parara justo a tiempo. La mujer de blanco ya ni salía en el cuento. Se había quedado afuera, como quien se queda parado en la puerta de una fiesta a la que ya nadie se acuerda de invitarla.

CincoCuando tardé en contestar

El martes no dormí. Me acostaba temprano, como siempre, y se me iban las horas con los ojos abiertos, viendo las rayas del techo, escuchando los carros pasar allá afuera, y al otro día andaba en la escuela como con arena metida entre las orejas, contestando tarde cuando me preguntaban algo.

El jueves ya casi no comía. Mi jefa hacía machaca con huevo, que es lo que más me gusta en este mundo, y yo la veía en el plato como si fuera muchísima, aunque fuera lo de siempre, dos huevos y la carne deshebrada, y me la dejaba a la mitad sin poder pasarme más.

El sábado, cuando fuimos otra vez al valle, la Kim me jaló de la manga de la playera para que le pasara el bote de agua, y se le quedó la mano ahí, sosteniendo la tela entre los dedos un rato largo, sin decir nada.

Ella no dijo nada más. Pero ya se había fijado, y una vez que alguien se fija, ya no deja de estar fijándose.

Esa tarde, en la tiendita del ejido, la señora del mostrador me preguntó mi nombre para anotarlo en la libreta de fiado de mi tío. Es lo más fácil del mundo, decir el nombre de uno. Y no me salió.

No es que se me olvidara, exactamente. Es que lo tenía ahí, cerca, como una palabra en la punta de la lengua que uno sabe pero que no llega a formarse. Me quedé parado, con la boca abierta y nada adentro, mientras la señora esperaba con el lápiz sobre la libreta.

Yo sentí que el nombre me pasaba por un lado, cerquita, sin tocarme.

La Kim fue la que le habló a mi tío en serio esa misma noche, sentados los dos afuera mientras yo fingía dormir en la troca.

Mi tío me llevó al doctor el lunes, a una clínica del centro de Mexicali, de esas donde uno se forma desde temprano aunque la cita sea hasta mediodía. Me pesaron, me midieron, me revisaron la garganta con la lucecita, me sacaron sangre de un dedo. El doctor dijo que estaba bien, que a lo mejor era el calor, que tomara más agua, que a veces los morros bajan de peso así nomás cuando están creciendo.

No encontró nada. Eso era lo que más desesperaba a mi tío, que se quedó en el pasillo de la clínica con los brazos cruzados, sin saber qué hacer con las manos.

En la sala de espera, mientras él pagaba en la ventanilla, alguien dijo «¡Chuy!» desde la puerta de la calle. Era él, llamándome para irnos porque yo me había quedado atrás viendo unos carteles pegados en la pared. Y yo tardé.

No mucho. Un segundo, tal vez dos. Pero tardé, y él se dio cuenta, porque se quedó parado en la puerta sin moverse hasta que por fin volteé.

No dijo nada en todo el camino a la casa.

SeisDoña Nica

Doña Nica llegó el miércoles con una bolsa del mandado y no tocó antes de subir la voz desde la puerta.

Sacó de la bolsa un manojo de ruda, otro de romero, amarrados los dos con hilo cáñamo, y un huevo, un huevo normal, de los del cartón de treinta que venden en cualquier tiendita.

Me paró la Kim, casi empujándome de los hombros, porque yo ya andaba lento hasta para eso, como si caminar me costara un trabajo que antes no me costaba.

Doña Nica me pasó los manojos por todo el cuerpo, de la cabeza a los pies, un lado y luego el otro, moviéndolos siempre para abajo. La ruda huele feo, huele a verde amargo, a algo que no quiere que se le acerquen. Después vino el huevo, despacio, apretándolo tantito contra la ropa, subiendo y bajando por los brazos, por la panza. En la nuca se tardó mucho, mucho más que en el resto, como si ahí hubiera algo que no quería salir a la primera.

Iba diciendo cosas entre dientes que no le entendí ni traté de entenderle. Mi jefa, que había venido esa tarde a ver cómo seguía, se quedó parada junto a la puerta sin decir nada tampoco, con las manos juntas.

Cuando terminó, tomó un vaso, le echó agua, y ahí adentro quebró el huevo. Lo estuvo mirando un rato largo, con la cabeza ladeada, sin decir nada. Nadie preguntó qué veía. Tiró el agua en la coladera del patio, enjuagó el vaso dos veces, y lo dejó boca abajo a escurrir sobre la mesa de plástico.

SieteFue ella

Nos paramos ahí al otro día, con el sol ya bajando pero todavía picando duro. Mi tío de un lado, la Kim del otro, doña Nica enfrente de mí. Atrás, la curva, vacía esta vez, sin nada tirado, nomás un tractor sonando lejos en algún surco.

No pidió más que eso.

Me costó sacarlo. Sentía la lengua pesada, como ajena, como cuando se te duerme un pie y de todos modos quieres caminar. Miré la curva, no a ella, y lo solté:

Ahí pasó algo, aunque nadie más lo notara: se me aflojó un nudo que traía en el pecho desde la noche de la llanta ponchada, uno que ni siquiera sabía que tenía.

Doña Nica no dijo que estuviera bien ni mal. Se paró bien derecha y me llamó.

Primero, mi nombre y los dos apellidos, fuerte.

Nada.

Después, con más ganas, y la Kim me apretó la mano sin que se lo pidiera.

Y a la tercera, la sentí venir de verdad, como cuando por fin cachas una pelota que llevabas rato esperando, y contesté antes de darme cuenta de que estaba contestando.

Me solté a llorar parado ahí mismo, sin poder pararlo, y me dio un hambre que no me cabía en el cuerpo.

OchoDespués

Esa tarde barrimos el patio de doña Nica, la Kim y yo, porque ella lo pidió y a nadie se le ocurrió no hacerlo. Lavé la cubeta donde había quebrado el huevo, tallándola dos veces con estropajo porque la primera vez no me quedó bien limpia y ella me la devolvió sin decir palabra, nomás señalando una mancha.

Mi tío, mientras tanto, sacó el gato de la troca y por fin le puso el parche a la llanta que se había ponchado esa noche, la que habíamos traído coja toda la semana metida detrás del asiento. Se tardó más de lo que debería, porque el parche no le quería pegar bien con el calor.

Nadie explicó nada de lo que había pasado. Ni doña Nica, ni mi tío, ni la Kim. Yo tampoco pregunté. Barrimos, lavamos, guardamos las cosas, y cuando terminamos doña Nica nos dio un vaso de agua de jamaica a cada quien y ya.

Comí como no había comido en dos semanas: dos platos de frijoles con machaca, tortillas de harina hasta que mi jefa dijo que ya. Dormí esa noche de corrido, sin abrir los ojos ni una sola vez, y al día siguiente contesté a la primera cuando mi jefa me habló desde la cocina.

Estoy bien. Como, duermo, contesto a tiempo cuando me llaman.

Desde entonces, cuando pasamos de noche por la curva —mi tío maneja distinto ahí, más despacio, aunque nunca lo diga en voz alta— a veces hay trocas paradas justo antes, con las intermitentes puestas, ocupando la orilla.

Ninguna tiene nada que arreglar.

Fin.