Las muestras Baja California · 5/5

Los sótanos de Rectoría

Mexicali



UnoEl turno de mi tía

Mi tía Lupe trabaja en la limpieza de la Rectoría, en el turno de la tarde, y cuando mi jefa no puede recogerme de la escuela me llevo mis cuadernos y me voy con ella, porque en la casa no hay quien me cuide hasta las ocho.

La Rectoría es el edificio grande y viejo del Centro Cívico, el que tiene columnas y una escalinata al frente y banderas. Antes fue otra cosa, oficinas de gobierno, de cuando Mexicali apenas se estaba armando, y ahora es de la universidad, con estudiantes grandes entrando y saliendo todo el día con mochilas y vasos de café. Mi tía dice que tiene casi cien años y que por eso truena tanto cuando hace calor, como una persona vieja tronándose los dedos.

El Kevin es mi primo, casi hermano, porque su jefa y la mía son hermanas y nacimos con seis meses de diferencia. Somos compas desde antes de acordarnos. Su jefa trabaja hasta tarde en una tienda de telas, así que a veces el Kevin también se viene con nosotras a la Rectoría, y entre los dos le ayudamos a mi tía a acomodar botes de basura mientras esperamos a que sea hora de irnos.

Mi tío Efra, el esposo de mi tía, se levanta a las cuatro de la mañana para cruzar al otro lado, a un trabajo de jardinería en San Diego, y llega de vuelta ya de noche, oliendo a pasto cortado. Los sábados que le toca descansar nos trae cuadernos y plumas de allá, porque en el Target de Calexico salen más baratos que en el Ley, y mi tía guarda los recibos en un cajón como si fueran importantes.

No sé decir que no. A cualquier cosa. El año pasado me ofrecí para cuidarle el perico a la maestra Ceci durante las vacaciones, sin que nadie más lo hubiera pedido, y se me escapó por la ventana de la cocina al tercer día. Si doña Mague necesita que alguien vaya por el trapeador, yo voy. Si hace falta quedarse hasta que cierren para recoger el último bote, yo me quedo. No es que sea buena onda, bueno, sí soy buena onda, pero no es sólo por eso: es que me urge que me manden algo, que alguien diga «ándale, Dania, ve tú» y sentir que sirvo para algo.

Yo le digo que ni modo, que así soy, y ella se ríe y sigue trapeando, y la verdad es que ni yo misma sabría explicar de dónde me salió tanta ganas de que me manden cosas que nadie me pidió.


DosEl sótano

Las oficinas de abajo del edificio, las de gobierno, las de antes, ya casi no se usan. Ahora son bodega: ahí se guardan los archivos viejos, las sillas que sobran, cajas de cosas que nadie sabe si tirar.

Un martes, mientras doña Mague acomodaba el carrito de la limpieza, oí que le decía a mi tía que hacía falta bajar unas cajas de papelería al sótano y que a ella ya le dolía la cintura de puro cargar.

Nadie me lo pidió. Yo agarré la primera caja.

La escalera del sótano es angosta y da vuelta, con un barandal de fierro que alguien pintó de verde hace mucho y ya se está pelando. Antes de llegar abajo, el olor me llegó primero que la escalera: papel mojado y coladera. Así huele exactamente el cuarto de atrás de la casa de mi abuela cuando llueve fuerte y se mete el agua por debajo de la puerta, y así olía el sótano de la Rectoría aunque no había llovido en Mexicali desde marzo.

Bajé la primera caja y la dejé junto a un librero. Subí por la segunda. La dejé al lado de la primera, igual de tiradas las dos, sin acomodarlas. Subí por la tercera, la última, y cuando bajé con ella las dos cajas ya no estaban donde las había dejado.

No tiradas. No movidas de lugar por accidente. Apiladas. Una encima de la otra, derechitas, mejor de como yo misma las había dejado.

Me quedé viéndolas un rato largo.

Puse la tercera caja encima de las otras dos y subí agarrada del barandal, rápido, sin ganas de seguir viendo cajas acomodadas solas. A media escalera sentí peso en el tubo, del lado de arriba, como cuando alguien más va subiendo agarrado del mismo fierro al mismo tiempo que tú. No era una mano. Era peso, nomás, subiendo despacio mientras yo subía rápido. Solté el barandal y terminé de subir sin tocarlo, con los brazos pegados al cuerpo.

Arriba estaba mi tía, sola, con el trapeador, como si nunca se hubiera movido de ahí en toda la tarde.

No le dije nada, y me quedé el resto del turno cerca de ella, ayudándole con cosas que no hacían falta.

Al otro día se lo conté a doña Mague, medio en broma, mientras enrollábamos juntas la manguera del patio de atrás.

Doña Mague no dejó de enrollar la manguera.

Esperé a que dijera algo más. En mi experiencia, cuando un adulto se queda callado después de una pregunta así, es porque va a venir la explicación. Siempre viene la explicación. «Ha de haber sido alguien de otro turno.» «Se me hace que las acomodó el de mantenimiento.» Algo.

No vino nada.


TresEl calor de agosto

Ese sábado no fuimos a la Rectoría porque mi tía tenía el día libre, y en vez de eso me llevó con el Kevin a la kermés de la colonia de mi abuela, la que hacen cada año para juntar dinero para la iglesia.

El Kevin se ríe de todo. De todo. Se ríe cuando alguien se cae, se ríe cuando el perro del vecino le ladra a su propia sombra, se ríe de los chistes malos que él mismo cuenta antes de que lleguen al final.

Hacía un calor que ni la sombra ayudaba, de los que hacen que el aire se vea temblando encima del pavimento. Las señoras de la kermés vendían raspados de tamarindo y de grosella debajo de una lona que no alcanzaba a tapar todo el puesto, y olía a jarabe de fruta y a algodón de azúcar quemándose en la máquina. Nos formamos un buen rato por un raspado. El Kevin se puso a contar que la lona tenía un hoyo justo encima de la señora de las gorditas y que cada tanto le caía un rayito de sol en la cabeza y ella ni se daba cuenta, y se rió tanto contándomelo que se le salió el moco y tuvimos que parar la fila para que se limpiara.

Comimos gorditas de chicharrón, jugamos lotería con frijoles de cantina, y mi tía se puso a platicar con unas señoras de hace tiempo de las que yo ni me acordaba. El Kevin ganó una vez en la lotería y se puso tan contento que hasta cantó las tablas cuando le tocó gritar. Yo nomás perdía y perdía y no me importaba.

Le conté al Kevin lo de las cajas apiladas solas, así nomás, entre risas, porque en ese momento todavía se sentía como algo para contar y no como algo que dolía. El Kevin dijo que a lo mejor la señora del sótano, si es que había una, nomás quería que alguien le ayudara a acomodar cajas, y se rió de su propio chiste antes de que yo alcanzara a decir nada. No le volví a mencionar lo del barandal.

Ya para cuando se acabó el sol se acabaron también los boletos, y las señoras empezaron a guardar las mesas plegables. Mi tía dijo que ya nos íbamos porque al día siguiente entraba temprano. El Kevin se quedó con las últimas dos gorditas envueltas en una servilleta, para llevárselas a su jefa.

Nos fuimos caminando hasta la parada de la calafía porque la kermés quedaba cerca de la casa de mi abuela, y ya no hablamos de nada en especial en todo el camino, nomás del calor que por fin había bajado un poco con el sol ya metido detrás de las casas.


CuatroLos hombros

El jueves no dormí.

No fue que me desvelara viendo el celular ni nada de eso. Me acosté a la hora de siempre, con la luz apagada, y me quedé con los ojos abiertos hasta que por la ventana ya entraba luz de día. No pensaba en nada fijo. Nomás no se me cerraban los ojos, como si algo adentro de mí decidiera que todavía no tocaba dormir.

El sábado no comí.

Mi jefa hizo machaca con huevo, que es de mis favoritas, y yo agarré el tenedor y me quedé viendo el plato como si fuera mucho, como si alguien me hubiera servido para dos personas en vez de una. Me comí dos bocados y dije que ya no tenía hambre. Mi jefa me tocó la frente y no tenía fiebre, y se quedó viéndome un rato antes de recoger el plato.

El martes mi tía me estaba ayudando a ponerme la mochila para ir a la Rectoría y se quedó con las manos en mis hombros más tiempo del normal.

Y era cierto: la playera se me estaba quedando grande de un lado, como si me la hubiera prestado alguien más gordo que yo.

En la escuela la maestra me preguntó dos veces en esos días si me sentía bien, y las dos veces le dije que sí, aunque no era cierto, porque contestar que no hubiera significado explicar algo que ni yo misma sabía explicar. Ella se quedó viéndome un rato y luego siguió con la clase, y ahí quedó.

Lo otro que empezó a pasar, y que nadie notó hasta después, fue que dejé de ofrecerme. En la Rectoría doña Mague pidió que alguien fuera por más bolsas de basura y yo, que siempre era la primera en pararse, me quedé sentada viendo el piso. En la casa mi jefa me pidió que le pasara el control y yo la oí clarito y no me moví hasta que me lo volvió a pedir.

No contesté.

No sé explicarlo mejor que así: tardé, como cuando el nombre tiene que caminar un tramo largo para llegar a donde estás.


CincoTres segundos tarde

El Kevin fue el que se dio cuenta primero, y no porque fuera el más observador de la familia. Para nada: el Kevin ni se fija cuándo trae la playera al revés. Pero es el que siempre me hace reír, y esa semana dejé de reírme a tiempo.

Fue en la Rectoría, un jueves de la semana siguiente. Me hizo el chiste de siempre, el de la señora de las gorditas y el rayito de sol, que ya nos sabíamos los dos de memoria y que de todos modos siempre nos hacía reír.

Yo no me reí.

Me quedé viéndolo, esperando a que el chiste me llegara, y llegó tres segundos después, cuando el Kevin ya había volteado a ver otra cosa. Me reí sola, tarde, de un chiste que ya nadie estaba contando.

El Kevin se me quedó viendo.

Esa tarde el Kevin fue y le dijo a mi tía, bajito, junto al carrito de la limpieza:

Mi jefa me llevó al doctor del Seguro el viernes. Nos formamos desde temprano. Me pesaron, me midieron, me apretaron la panza y me sacaron sangre de un brazo mientras yo veía para otro lado. El doctor me revisó la garganta con la lucecita, me hizo sacar la lengua, y me mandó respirar hondo dos veces.

No encontró nada.

Le dijo a mi jefa que capaz era la escuela, o el cambio de horario, o que a veces los cuerpos nomás bajan de golpe sin que haya una razón que se pueda escribir en una receta. Mi jefa se lo agradeció en la puerta del consultorio, y en la calafía, de regreso a la casa, no dijo nada en todo el camino.


SeisLa barrida

Al día siguiente doña Mague llegó a la Rectoría más temprano de lo normal, antes de que empezara su turno, y le pidió a mi tía el cuarto de intendencia para ella sola.

Doña Mague es la más vieja del turno. Lleva ahí más años que nadie, y cuando algo se descompone en el edificio, una chapa, una gotera, un foco que nadie alcanza, la mandan llamar a ella antes que al de mantenimiento. No habla mucho. Cuando habla, dice lo justo y ya.

El cuarto de intendencia olía a cloro y a trapeador mojado, y a mí ese olor, por primera vez en semanas, no me dio nada de comezón en el estómago.

Doña Mague cerró la puerta y me dijo que me parara en medio, con los brazos abiertos. Sacó de su bolsa un manojo de ruda, otro de romero, y un huevo envuelto en una servilleta de papel. No me explicó nada. Ni le pregunté.

Me pasó las yerbas por todo el cuerpo, de la cabeza a los pies, para abajo siempre, mientras decía algo entre dientes que no alcancé a oír. La ruda huele feo, a verde amargo, y se me quedó pegado el olor en las manos aunque no las había tocado yo.

Después agarró el huevo y me lo pasó despacio por los brazos, por la panza, por la espalda. En la nuca se tardó mucho rato, apretando poquito, como si ahí hubiera algo que le costaba trabajo aflojar.

El olor a cloro seguía metido en el cuarto, y por primera vez en semanas no se sentía como algo que había que aguantar.

Doña Mague se paró frente a mí y me llamó por mi nombre completo, con los dos apellidos pegados uno al otro, fuerte, como si me hablara desde la otra cuadra.

Yo me quedé callada.

Me volvió a llamar, y esta vez le subió tantito más la voz.

Para cuando llegó la tercera llamada ya había contestado, sin darme tiempo de pensarlo, como cuando uno va cayendo en el sueño y pega el brinco que lo despierta.

Doña Mague no me festejó ni me sonrió. Nomás asintió con la cabeza, rompió el huevo despacio contra la orilla del vaso, dejó caer la clara y la yema adentro del agua de la llave, y se quedó viéndolo un rato largo antes de vaciarlo en el fregadero.

Se limpió las manos en el mandil y preguntó dónde estaban las cajas que faltaban. Yo le dije que en el sótano, que ya nomás quedaban unas cuantas.

Y bajó ella misma las tres cargas que quedaban, sin dejar que mi tía ni yo le ayudáramos, subiendo despacio por el barandal verde con las manos llenas. Cuando terminó, sacó un llavero del bolsillo del mandil, cerró la puerta del sótano con llave, y se guardó la llave adentro del mandil, en la bolsa de al fondo, sin decir nada más al respecto.


SieteLa ventana de abajo

Dormí esa noche de corrido, sin despertarme, y en la mañana me comí todo el plato de machaca y hasta pedí más tortillas de harina. Mi jefa me vio comer como si estuviera viendo un milagro chiquito, de los que no salen en la tele.

Volví a ofrecerme para todo en la Rectoría, porque así soy, aunque mi tía sigue diciendo que un día voy a aprender.

No me pasó nada más raro después de eso. No volví a bajar al sótano, doña Mague nunca me volvió a mandar y yo tampoco pedí ir, y las cajas que todavía faltaban las terminó subiendo el señor de mantenimiento, con guantes y con cara de que no le gustaba el trabajo.

El Kevin me sigue haciendo el mismo chiste de la señora de las gorditas, y ahora me río a tiempo, aunque a veces, para molestarlo, le digo que ya no me hace tanta gracia, nomás para ver cómo se pone. Doña Mague sigue en su turno, trapeando lo que le toca trapear, y cuando me la topo en el pasillo me pregunta cómo voy en la escuela y nada más. Nunca volvimos a hablar del sótano, ni ella ni yo.

Nomás que ahora, cuando paso con mi tía por el Centro Cívico en la calafía, de noche, volteo a ver la Rectoría sin querer, con los cuadernos todavía en las piernas.

Desde entonces siempre hay una ventana prendida en la parte de abajo del edificio. La misma, del lado del sótano. Las oficinas de allá abajo están vacías desde las ocho, mi tía me lo dijo, y nadie tiene por qué estar ahí a esa hora prendiendo luces que nadie va a apagar.

Yo nomás volteo y me quedo viendo la ventana hasta que la calafía da vuelta en la esquina y ya no se alcanza a ver nada del Centro Cívico.