La herradura del Centinela
Cerro El Centinela
UnoEl cerro solo
En Santa Isabel no hay que preguntar para dónde queda el cerro. Se ve desde la ventana de la cocina, se ve desde la parada de la calafía, se ve hasta desde la carretera cuando uno va para Tijuana y todavía falta un resto de camino: un cerro solo, parado en medio del valle, como si se le hubiera olvidado que los cerros van en cadena con otros cerros. Le dicen El Centinela porque ahí se queda, nomás viendo, mientras todo lo de alrededor es parejo: los canales de riego, las parcelas, el polvo que levantan las trocas y los trailers en la carretera, y el calor, que en agosto no deja ni pensar.
Yo soy Pepe. Tengo diez años y vivo con mi jefa y con mi hermana en una casa de bloques sin aplanar, para el lado donde se acaba el pavimento. Mi apá se fue al otro lado hace rato, a Calexico, a la obra, y allá se levanta a las cuatro de la mañana para llegar a tiempo. Manda dinero cuando le toca, cada quincena, y con eso mi jefa hace dos cosas: paga la luz, y compra tortillas de harina en el súper en lugar de hacerlas ella, que para mi jefa es como irse de vacaciones. Una vez mi apá nos mandó unos tenis comprados allá, en una caja que olía distinto a todo lo que se vende acá, como a plástico nuevo mezclado con algo que no supe nombrar.
Mi hermana es chiquita todavía, va en primero, y en las tardes las dos se sientan en el porche a ver pasar la calafía mientras yo ando en la calle con mis compas hasta que se mete el sol y hay que entrar. Así es casi todos los días, uno igual al otro, con el mismo calor y el mismo polvo y la misma carretera zumbando allá lejos.
De mí hay que saber una cosa antes de que siga contando, porque si no, no se entiende nada de lo que viene: yo no devuelvo lo que me encuentro. No es que robe, y esto se lo he explicado a media colonia como quien explica una regla de futbol. Yo no le quito nada a nadie. Pero si algo está tirado, si se quedó olvidado, si apareció donde no debía, para mí ya es mío. Traigo en las bolsas del pantalón una llave que no abre ninguna puerta de mi casa, una moneda vieja que ni sé de dónde salió, un dado al que le falta un número, y el tapón de una troca que nunca supe de cuál. Nadie me las quitó. Nadie las va a extrañar, me digo, y con eso me basta.
Mi jefa dice que un día voy a traer algo que sí me va a costar.
DosLa regla
Al Centinela subíamos siempre, mis compas y yo. No hay mucho más que hacer en Santa Isabel cuando no hace tanto calor que ni se puede salir: se sube al cerro a buscar lagartijas, a tirar piedras, a jugar que uno es de los buenos y el otro del bando de Murrieta, que así le dicen los grandes al que se robaba el oro por aquí hace tanto tiempo que ya nadie sabe si de veras existió. Nomás el nombre queda, como cuando uno dice "la Llorona" y con eso ya basta para que se te enchine el brazo. Nadie cuenta la historia completa. Nadie la sabe completa.
Don Toño tiene caballos, ahí nomás pasando la última calle, en un corral que huele a paja y a estiércol seco. Le pedí una cubeta prestada para juntar piedras raras, de las coloradas, de las que brillan si les da el sol, y me la dio, pero antes me agarró del hombro y me vio a los ojos como quien va a decir algo importante.
—Del Centinela no se baja nada, morro —me dijo—. Ni piedra, ni palo, ni nada. Lo que subas, bájalo. Lo que no subiste, se queda allá arriba.
Se lo conté a la Sam en la escuela porque me pareció rara la advertencia para algo tan sencillo como una cubeta.
—Mi jefa dice lo mismo —contestó ella, sin dejar de comer su lonche—. Desde chiquilla me lo dice: "del cerro no se baja nada, ¿me oíste?". La neta ni sé por qué, pero yo nomás obedezco.
En la colonia hay tres herraduras clavadas arriba de tres puertas, para la suerte, y a nadie le parece raro. Yo ya me había encontrado dos en mi vida, antes de ésta, y las dos me las quedé: una en un terreno baldío por la primaria, otra en la orilla de un canal. Las herraduras se encuentran. Es de las cosas más normales del mundo encontrarse una herradura, y a mí ya me habían salido bien las dos veces.
De Murrieta los grandes dicen que enterró algo en el Centinela hace muchísimos años, y que por eso nadie más se quiso arrimar. Eso es todo lo que se sabe, o todo lo que yo sé. Un nombre, un cerro, y nada más.
TresLa herradura
Subimos un sábado el Güicho, la Sam y yo, con la cubeta de don Toño y unas gorras, porque el sol pega parejo desde las diez de la mañana. El cerro no es alto, pero es puro terregal y piedra suelta, y desde media subida ya se ve toda la colonia como en maqueta: los techos de lámina, la carretera, la calafía chiquita como un insecto yéndose para la ciudad.
—La neta yo nomás vengo por las lagartijas —dijo el Güicho, jadeando, porque él siempre jadea aunque no haga tanto esfuerzo.
Juntamos piedras coloradas, vimos dos lagartijas y una víbora que se metió entre las rocas sin que nos diera tiempo ni de asustarnos bien, y a mediodía empezamos a bajar.
El Güicho y la Sam bajaron con las manos vacías, tal como les habían dicho. Vaciaron la cubeta arriba, hasta las piedras coloradas las dejaron, y no les pasó nada. Llegaron a sus casas, comieron, se durmieron esa noche como cualquier otra noche de su vida.
Yo no.
Íbamos platicando de otra cosa, de la escuela, de un examen que nos tocaba el lunes, cuando en la falda del cerro, ya casi abajo, vi algo medio enterrado entre la tierra suelta, con sólo una punta afuera, del color del óxido. La saqué con la mano. Era una herradura, vieja, con la forma de siempre, pesada como si le sobrara metal. Ni la pensé dos veces. Me la metí en la bolsa del pantalón, junto con la llave y la moneda y el dado, y seguí bajando como si nada, silbando incluso, porque en ese momento no era más que otra cosa para mi museo.
Esa noche, cuando mi jefa y mi hermana ya dormían, la clavé arriba de mi puerta, igual que las tres de la colonia, con dos clavos que encontré en la caja de herramientas que mi apá había dejado. Quedó chueca, medio ladeada, pero ahí quedó, brillando poquito con la luz del foco del pasillo.
Y no cambió nada más. Eso hay que decirlo clarito, porque después iba a importar: no se movió, no goteó, no apuntó para ningún lado raro. Nomás una cosa cambió, y de esa cosa me di cuenta esa misma madrugada, cuando pasé debajo de la puerta para ir por agua y la rocé sin querer con la cabeza.
Estaba tibia.
CuatroTibia
Pegué un brinco. El cuarto estaba frío, porque en Mexicali las noches bajan harto la temperatura aunque de día se derrita uno, y ella seguía tibia, como si alguien la hubiera tenido agarrada un rato largo y la acabara de soltar.
Al otro día seguía igual. Y al otro.
La toqué muchas veces esa semana, siempre esperando que ya se hubiera enfriado, y siempre igual: tibia, como piel, como si tuviera algo adentro respirando despacio.
Y en el llano, del lado del cerro, empecé a oír cascos.
No un caballo. Cascos nomás, sueltos, como cuando uno cierra los ojos y en la cabeza le suena un caballo trotando clarito, cerca, y uno abre los ojos y no hay ningún caballo, ni polvo levantado, ni nada de nada. El camino de terracería que sube al cerro se quedaba quieto, sin una nube de polvo, sin nada. Yo salía a la ventana a ver, y no había nada que ver.
Me pasó varias noches seguidas, siempre parecido: primero los cascos, después el silencio de golpe. Una de esas noches salí descalzo hasta la reja, nomás de puritita curiosidad, con mi jefa dormida y mi hermana también, y me quedé ahí un rato viendo el llano gris, sin viento, sin nada moviéndose, hasta que el frío de la madrugada me ganó y me metí otra vez.
Se lo dije al Güicho una tarde, medio en broma para que no sonara tan raro.
—A lo mejor es un caballo de don Toño que se soltó —dijo él, sin dejar de patear su balón desinflado contra la pared.
—Los caballos de don Toño están en el corral. Fui a checar.
—Pues entonces la neta no sé —dijo el Güicho, y se fue a seguir jugando futbol solo, y ahí se quedó la conversación, sin ir a ningún lado, como se quedan la mayoría de las conversaciones entre morros de diez años.
CincoLo que se fue secando
El lunes dejé de dormir.
No es que no pudiera. Es que me quedaba con los ojos abiertos viendo el techo, sin sueño, sin ganas de nada, hasta que ya era hora de pararse para la escuela. En el día andaba como con la cabeza llena de agua sucia, contestando las cosas un rato después de que me las preguntaban.
El miércoles dejé de comer. Mi jefa me hizo machaca con huevo, que es de lo que más me gusta en el mundo, y me la comí a medias. El plato se me hacía muchísimo, un montón imposible de acabar. Me tomaba el atole nomás, y ya no seguía.
El viernes mi hermana, que tiene menos años que yo y se fija en todo lo que yo no me fijo, me dijo en la mesa, bien seria para su edad:
—Traes los ojos bien hundidos, Pepe. Pareces de esos muñecos de las películas.
Yo me reí, pero era cierto. Me había visto en el espejo esa mañana y no me reconocí de volada.
El lunes siguiente ya no me cerraba el cinturón del uniforme. Tuve que hacerle otro agujero con un clavo, y mi jefa lo vio desde la puerta de mi cuarto y no dijo nada. Nomás se quedó ahí parada un rato largo, midiéndome con los ojos de una manera que nunca antes me había visto.
Y cuando me llamaba, yo tardaba.
—Pepe —me decía desde la cocina, y yo la oía llegar de lejos, como si el nombre tuviera que caminar toda la calle antes de tocarme a mí.
Ahora que lo cuento, entiendo que ésa fue la primera vez que a mi jefa se le vio de verdad el miedo en la cara, y no cuando me llevó al doctor, ni cuando fuimos con doña Chila, sino ahí en la cocina, esperando a que yo volteara.
Se me secaba la boca todo el tiempo. Tomaba agua y agua y seguía seco por dentro, como cuando uno anda en el cerro sin cantimplora y ya no hay saliva ni para tragar. Y estaba tibio, igual que la herradura, cosa que notó la Sam un día en el recreo, cuando me agarró la mano para jalarme a jugar y la soltó de volada, como si le hubiera quemado los dedos.
—Estás caliente —me dijo, asustada—. Bien caliente, Pepe. La neta hasta me dolió.
—Ando bien —le dije, aunque no era cierto ni tantito.
La Sam fue la primera que se asustó de a de veras, más que mi jefa, más que mi hermana. Esa misma tarde, sin decirme nada, se fue a buscar a don Toño al corral y le contó todo: lo de la herradura, lo del sueño, lo de la comida, lo de la mano caliente.
Mi jefa me llevó al Seguro el jueves. Nos formamos temprano. Me pesaron, me midieron, me sacaron sangre, me revisaron la garganta y la panza con los dedos fríos. El doctor movió la cabeza, dijo que todo salía normal, que a lo mejor era el cambio de clima o algo que comí.
No encontró nada.
Nada de nada, y eso era lo que más desesperaba a mi jefa: que el doctor dijera que yo estaba bien mientras me veía deshacerme enfrente de él.
De regreso subimos a la calafía, apretados entre la demás gente, y yo iba viendo por la ventana el valle pasando, los canales, las parcelas, la carretera con sus trocas, y todo se veía muy lejos, en otro lado, no aquí. Mi jefa me traía agarrado de la mano, bien fuerte, y sin avisar sentí que me apretaba más todavía y que me decía algo. No la oí. La vi mover la boca nomás. Cuando por fin me llegó el sonido de mi nombre ya lo había dicho dos veces, y volteé tarde, con la cabeza como llena de algodón, y ella me estaba viendo con una cara que no le conocía.
SeisLa barrida
Don Toño le dijo a mi jefa que fuera con doña Chila, que vive por el canal, en una casa con un nopal enorme afuera y gallinas sueltas por el patio.
Doña Chila no me preguntó casi nada. Me miró las manos, me miró los ojos, me hizo abrir la boca, y dijo, sin dudar:
—Trae algo que no es suyo.
Nadie le había contado lo de la herradura. Ni yo, ni mi jefa, ni la Sam, que hasta donde yo sabía nomás le había dicho a don Toño.
Sacó de una bolsa un manojo de ruda, otro de romero, y un huevo normal, de los del cartón. Me pasó las yerbas por todo el cuerpo, de la cabeza a los pies, sin subir nunca, y luego el huevo, despacio, apretándolo tantito contra la ropa. En la nuca se tardó mucho rato. La ruda, para que sepan, deja un olor verde y amargo que se le pega a uno en la nariz medio día completo.
No explicó nada de lo que estaba haciendo. Nomás lo hacía, con la boca medio cerrada, diciendo algo entre dientes que yo no alcanzaba a oír.
Cuando terminó, rompió el cascarón contra la orilla de un vaso con agua y dejó caer la clara adentro, despacio, y se quedó viéndola flotar un rato largo sin decir qué veía.
—Donde estaba, como estaba. Y no te acuerdes del lugar.
Y ya no dijo más.
Al otro día subimos otra vez al Centinela, el Güicho, la Sam y yo, de día, con el sol bien arriba para que no hubiera ninguna sombra jugándonos el dedo. Encontré el hueco donde había sacado la herradura, seguía ahí, marcado en la tierra, y la metí de vuelta, con el mismo lado para arriba, y la tapé con la misma tierra que había movido, apisonándola con la mano hasta que quedó igual que antes.
Me limpié las manos en el pantalón, pero la tierra se me quedó metida bajo las uñas todo el camino de bajada. No volteé a ver el hueco otra vez, aunque las ganas no me faltaron.
Doña Chila y mi jefa nos esperaban abajo, junto al corral de don Toño, y en cuanto pisé la última piedra del camino, todavía resollando, con las manos sucias y las agujetas sueltas, doña Chila me gritó los dos apellidos pegados al nombre, fuerte, desde el otro lado del corral.
Yo seguí caminando. Ni la volteé a ver.
La segunda vez me lo gritó más cerca, casi encima, y algo se me movió en el pecho, tantito, como cuando el sueño empieza a soltarte.
A la tercera contesté sin darme tiempo de pensarlo.
—Mande.
Y me solté a llorar ahí parado en el polvo del camino, sin saber por qué, y me dio un hambre que no me la pude aguantar ni tantito.
SieteLas tres puertas
Comí esa noche como si no hubiera comido en semanas. Dormí de corrido, sin abrir los ojos ni una vez, y al otro día contesté a la primera cuando mi jefa me llamó desde la cocina, antes de que terminara de decir mi nombre completo.
Estoy bien. No me quedó marca, ni cicatriz, ni sueño feo que se repita. Ya no oigo cascos en el llano por las noches.
Nomás que ahora traigo las bolsas vacías.
No es que haya aprendido nada, ni que ande pensando en devolver las cosas que ya tengo. La llave, la moneda, el dado, el tapón de troca siguen conmigo, y ahí se van a quedar toda mi vida. Es que ya no me laten. Antes de subir al Centinela, algo tirado en la calle me llamaba, como un jalón chiquito en el estómago. Ahora nomás lo veo y sigo caminando, y ni modo, así se quedó.
En la colonia hay tres herraduras clavadas arriba de tres puertas. Arriba de la mía nomás quedaron los dos agujeros de los clavos, y una mancha más clara en la madera, del tamaño exacto, donde nunca le llegó el sol. Ya sé de dónde bajó cada una de las otras tres, porque después de todo esto le pregunté a media colonia sin decir por qué preguntaba. La de la casa de la esquina la encontró un tío en el mismo llano, hace años. La otra nadie se acuerda bien de dónde salió, y a lo mejor ni vale la pena averiguarlo.
Nadie las ha quitado.
Y yo, cuando paso por debajo de una, ya no volteo a ver si está tibia.
Pero tampoco meto la mano para comprobar.
Fin.