La mano de abajo del puente
Coatepec
El claxon
Esto lo cuento ya grande, pero pasó cuando tenía once años, en Coatepec, del lado que sube hacia El Chico. Vivíamos los cuatro: mi mamá, mi papá, mi hermanito y yo. Mi papá se iba a la finca antes de que amaneciera, a cortar café a las cuatro de la mañana con los demás cortadores, y volvía ya de noche oliendo a mojado y a cafetal, con las manos manchadas de ese morado que no se le quita a uno aunque se talle. Mi mamá cosía. Tenía la máquina junto a la ventana y ahí se le iban las tardes, y entre puntada y puntada nos vestía a los dos, a mí y a mi hermanito, que era el socoyote de la casa, ya sabía tirarse una machincuepa sin ayuda de nadie aunque cayera de lado, y se creía que por serlo se le perdonaba todo, que casi era cierto.
Para ir a la escuela subíamos en el carro de don Silvestre, que salía de Coatepec antes de las siete y cruzaba el puente del Diablo antes de llegar a Xalapa. El puente está sobre el río Pixquiac, entre El Grande y El Chico, y cualquiera que haya crecido por ahí sabe dónde queda sin que se lo tengan que señalar dos veces: es un puente viejo, de piedra, con barandal bajo, y abajo la barranca se hunde mucho más de lo que uno cree cuando lo cruza rápido. Cuentan que el Diablo lo hizo a cambio de una paga, y que una nana se la ofreció a medias y lo dejó con las ganas, y que por eso quedó así, terminado pero no contento. Eso lo sabe cualquiera en Coatepec, hasta los que no creen en nada.
Y en la piedra de la base, donde termina el pilar y empieza el agua, hay una forma que todos llaman la mano. Ahí siempre ha estado. Nadie baja a verla de cerca.
Los domingos bajábamos al mercado, y al señor de las verduras le daba por darle ganancia a mi mamá, un jitomate de más metido en la misma bolsa, sin que ella lo pidiera. Yo me quedaba viendo a los chupamirtos que andaban en las macetas de la esquina, zumbando bajito, sin quedarse quietos ni un segundo.
Don Silvestre tocaba el claxon corto justo al entrar al puente, un toquido nada más, y no volteaba para el lado del barandal aunque manejara despacio por lo angosto del camino. Llevaba quince años haciéndolo, decía mi papá. Y mi mamá, que iba sentada adelante cuando la llevábamos al mercado, dejaba de mirar para ese lado también, sin que nadie se lo tuviera que decir, como si se le apagara algo detrás de los ojos sólo de sentir que el carro entraba en la curva. Una vez le pregunté por qué. Iba yo chiquillo todavía.
—Ahí abajo no se baja —fue todo lo que contestó, mirando derecho.
Nada más. No me explicó y yo tampoco insistí, porque así hablaba ella de las cosas que le importaban de veras: poco y una sola vez. Y los dos, ella y don Silvestre, cruzaban enteros cada mañana y llegaban enteros a Xalapa, porque nunca pasaba nada: uno tocaba el claxon, la otra dejaba de mirar, y el carro seguía subiendo entre los cafetales hasta Xalapa.
Yo era otra cosa de niño, y esa cosa importa para que se entienda lo demás. No soportaba deber nada. Si Chelo me prestaba un lápiz, se lo devolvía esa misma tarde aunque tuviera que correr a su casa. Si alguien me invitaba un pan, yo le pagaba al otro día sin que me lo pidiera, y si se me perdía algo prestado no dormía pensando en cómo lo iba a reponer. Mi mamá decía que lo saqué de mi papá: él tampoco aguantaba quedarle mal a nadie ni con un centavo. Yo creo que nomás así soy, y ya. No era generosidad, fíjate, porque generoso hubiera sido no acordarme. Era que la deuda se me quedaba atorada como una piedra en el zapato, y no se me quitaba hasta que la pagaba.
Con eso crecí, y con eso entré al puente aquella vez que ya no me tocaba entrar.
El charpe
Chelo tenía el mejor charpe de la escuela, hecho con horqueta de guayabo y hule doble, y esa tarde de chipichipi me lo prestó para tirarle a unas latas que habíamos puesto sobre el barandal del puente, del lado de El Chico, donde el camino se ensancha un poco antes de la curva. No era de los que uno hace solo. Íbamos varios, pero Chelo se quedó viendo las latas y yo me quedé con el charpe en la mano, cargando una piedra chica, apuntando.
—Nomás una tirada —le dije, porque a él no le gustaba prestarlo mucho tiempo, no por tacaño sino porque era suyo y ya.
La piedra pegó en la última lata, que cayó dando vueltas, y ahí quedó bien la puntería. Pero al estirar el brazo para el siguiente tiro el hule, mojado por el chipichipi como todo esa tarde, se me resbaló de los dedos, y el charpe entero se me fue de la mano, brincó sobre el barandal y cayó para el lado de la barranca.
Nadie lo vio caer más que yo. Los demás seguían viendo las latas.
Me asomé. Abajo, entre el pastle y las piedras mojadas, alcancé a ver el mango claro del charpe, lejos, cerca de donde el agua se junta con la base del puente. Chelo no dijo nada, ni me lo cobró, ni puso cara de nada; así era él, y por eso me sentí peor. Si me lo hubiera reclamado yo habría tenido a quién pagarle el enojo. Pero se quedó ahí, tranquilo, viendo cómo yo veía para abajo, y eso fue peor que cualquier reclamo, porque haz de cuenta que la deuda se me puso encima sin que él le pusiera precio.
Esa noche no pude pensar en otra cosa. No era el charpe. Era que Chelo me lo había prestado de buena gana, sin que se lo pidiera dos veces, y yo se lo había perdido, y hasta que no le devolviera lo mismo, no otro parecido, iba a andar con esa piedra en el zapato que ya dije, adentro de los ojos y adentro de todo. Pensé en pedirle a mi papá que me acompañara el domingo. Pensé en decirle a mi mamá. Pero entons pensé que para el domingo Chelo ya me iba a estar viendo la cara de quien debe algo, y eso yo no lo aguantaba.
Al otro día, después de la escuela, en vez de subir derecho a la casa, me fui por la vereda que baja del lado de El Chico.
Abajo
Bajé solo. Llovía apenas, ese chipichipi que no moja de una vez sino poco a poco, hasta que uno se da cuenta de que ya trae la ropa pegada. Me agarré del pastle donde la vereda se ponía resbalosa. El río se oía desde arriba, fuerte, y se oyó más fuerte todavía conforme bajaba.
Y luego dejó de oírse.
No hubo silencio. Hubo otra cosa. El agua seguía moviéndose, yo la veía moverse, pero el ruido ya no llegaba. Alguien le había bajado el volumen al mundo. Nomás para mí.
Me detuve.
Conté hasta diez. No pasó nada. Seguí bajando porque ya estaba cerca y porque la horqueta de Chelo estaba ahí abajo, esperando.
Lo encontré en la piedra de la base, entre dos rocas, casi seco a pesar de la lluvia. Lo agarré con la mano derecha.
Y entonces vi la mano.
Estaba en la piedra, donde siempre dicen que está. Pero no era de piedra. Era una mano de verdad, del tamaño de una mano de verdad, con los dedos un poco doblados. La toqué sin querer, sin pensarlo, con el dorso de mi propia mano al apoyarme para no resbalar.
Estaba tibia.
Y estaba mojada por abajo, del lado que no le daba el agua.
No vi más que eso. No vi brazo. No vi cara. No me quedé a ver.
Subí. Los pies se me resbalaban en el pastle y no me importó. Cuando llegué arriba, a la orilla del camino, el río volvió a oírse. Fuerte. Normal. Otra vez el de siempre.
Tenía el charpe apretado en la otra mano. Me temblaban los dedos, pero lo tenía.
Lo que no se decía
Le devolví el charpe a Chelo al día siguiente, antes de clases, sin decirle nada. Ni «aquí está», ni «gracias por prestármelo», ni nada. Se lo puse en la mano y me fui a mi lugar.
Chelo se quedó viendo eso y luego me quedó viendo a mí. Yo nunca devolvía nada callado. Él lo notó antes que nadie, antes que mi propia mamá, porque me conocía de cerca esas cosas.
El lunes no cené. Dije que ya había comido en la finca, con mi papá, que no era cierto. El miércoles mi mamá me puso la mano en la espalda, para acomodarme el cuello de la camisa, y sintió el hueso del hombro más filoso de lo que debía. Me miró distinto esa tarde, pero no dijo nada todavía. El viernes no dormí. Me quedé sentado en la orilla de la cama, con la luz apagada, sin sueño y sin ganas de tenerlo, sólo esperando a que amaneciera.
Y empecé a meterme debajo de la mesa del lavadero, donde estaba la piedra de lavar y hacía sombra todo el día. Ahí estaba bien. No sé explicarlo mejor. Mi hermanito me encontró ahí dos veces, sentado con las rodillas juntas, y las dos veces se sentó conmigo un rato sin preguntar nada, porque tenía cuatro años y para él eso también era un juego.
Lo peor era cuando me hablaban. Mi mamá me decía Rubén desde la cocina y yo contestaba un segundo tarde. Después tres. El viernes me llamó cuatro veces desde la puerta, cada vez más fuerte, y a la cuarta contesté «mande» mirando hacia la ventana, no hacia ella.
Ese sábado me llevó con el doctor de Coatepec. Me pesó, me revisó la garganta, me hizo abrir la boca y sacar la lengua, me escuchó el pecho con el aparato frío. No encontró nada.
—Que coma —le dijo a la señora, y eso fue todo.
Doña Juana
En la casa hicieron lo que se hace en la casa. Mi mamá me volteó la ropa al revés antes de dormir, y me cosió un hilo rojo en el cuello de la camisa, del lado de adentro para que no se viera. Puso tierra del panteón con sal negra en la ventana de mi cuarto, en un plato chico, sin decirme para qué, aunque yo ya sabía. Nada de eso funcionó. Seguí contestando tarde. Seguí prefiriendo la sombra del lavadero a cualquier otro lugar de la casa.
El martes siguiente ella fue a buscar a doña Juana.
Doña Juana vivía dos casas más abajo y le rezaba a las ánimas benditas del purgatorio todas las tardes, en voz baja, con la puerta entreabierta. No era curandera de oficio. No tenía consultorio ni cobraba nada, y cuando mi mamá le explicó lo que me pasaba: que no comía, que no dormía, que contestaba tarde, que buscaba la sombra, doña Juana nomás asintió, como quien ya sabía la respuesta antes de la pregunta.
—Se enfermó de la impresión —dijo—. Le entró el nervio.
No explicó más que eso. Me miró un momento largo, con los ojos entrecerrados, y luego le dijo a ella lo que había que hacer, y a mí me lo dijo aparte, mirándome de frente:
—Vas a traerme una piedra de abajo del puente. De la que está mojada, junto a la base. No cualquiera: ésa.
No le pregunté por qué tenía que ser esa piedra y no otra. Ya me lo imaginaba.
Fui de día, esa vez, con mi mamá esperándome arriba, en la orilla del camino, sin bajar ella pero sin quitarme la vista de encima ni un segundo. El río sonaba fuerte todo el tiempo, sin apagarse, y eso me dio ánimo. Encontré la piedra cerca de donde había estado el charpe, fría y mojada, del tamaño de un huevo. La agarré y subí sin mirar para el lado de la base, sin buscar la mano. No estaba ahí para eso.
Doña Juana me pasó la piedra fría por la nuca, por las dos muñecas y por las plantas de los pies, despacio, rezándoles a las ánimas benditas entre dientes. Después volteó hacia la puerta.
—Lupe —le dijo—, tú te me paras ahí y le dices su nombre completo, los dos apellidos, en voz alta, tres veces.
—Rubén Hernández Cuevas —dijo ella, la primera vez con la voz un poco quebrada.
La segunda vez le salió más firme.
La tercera vez la dijo casi gritando, y yo, sin que nadie me lo pidiera, volteé a verla antes de que terminara la frase.
El río
Con eso ya estaba mejor, pero no del todo, y doña Juana lo supo sin que yo se lo dijera.
—Falta que la devuelvas —me dijo, y me puso la misma piedra otra vez en la mano, ya no fría, tibia de haber estado tanto rato entre las mías—. Adonde estaba. Y ahí le dices lo que le debes.
Bajé por tercera vez, ahora entre semana, con el chipichipi de siempre y ella otra vez arriba, esperando. Puse la piedra exactamente donde la había encontrado, entre las dos rocas, mojada de nuevo en cuanto la solté. No miré hacia la base del puente, donde estaba la mano, aunque sentía que estaba ahí, del mismo lado de siempre.
Y entonces dije, en voz alta, no muy fuerte pero clara, para el río y no para la mano:
—Ya no debo nada.
Lo dije como quien paga por fin algo que trae atorado hace mucho, y se sintió igual que esas otras veces —con Chelo, con el pan, con cualquier cosa prestada— sólo que más grande. El agua seguía sonando, fuerte, normal, y no cambió nada cuando lo dije, ni se oyó ninguna voz que me contestara. Pero algo sí se aflojó adentro de mí, como se afloja un nudo cuando por fin se encuentra la punta.
Subí despacio esta vez, sin apuro. Arriba, mi mamá me llamó por mi nombre completo, nomás para probar, y contesté antes de que terminara de decirlo.
La curva
Después de eso volví a cenar, volví a dormir, volví a contestar a la primera. El doctor no tuvo que verme otra vez. Chelo me hizo otro charpe, mejor que el primero, y no me dejó pagárselo ni con un pan, cosa que a mí me costó trabajo aceptar, porque seguía sin aguantar deber nada, y eso no se me quitó con la piedra ni con nada. Ni falta que hacía.
Semanas después volvimos a subir en el carro de don Silvestre para ir a Xalapa, mi mamá y yo, con mi hermanito dormido en las piernas de ella. Al entrar al puente del Diablo, don Silvestre tocó el claxon, corto, como siempre, y no volteó para el lado del barandal. Ella dejó de mirar para ese lado, como siempre. Y yo, por primera vez, también dejé de mirar, sin que nadie me lo dijera, sintiendo que algo se me apagaba detrás de los ojos nomás de sentir la curva.
No lo hice a propósito. Sólo pasó, como les pasaba a ellos.
Y abajo, en la piedra de la base, donde el agua no llega, la mano seguía ahí. Sólo que esa vez, si alguien se hubiera asomado —y nadie se asomó— la habría visto vuelta hacia el lado contrario, en la misma piedra de siempre, como si en algún momento, sin que nadie la viera moverse, hubiera cambiado de postura.