Las muestras Veracruz · 2/5

La cueva del Cerro de las Culebras

Coatepec


El camino corto

Esto me pasó cuando tenía diez años, en Coatepec, por el rumbo de la vieja vía.

Yo era Nayeli Bautista Reyes, y tenía un defecto que mi mamá y mi abuelita me apuntaban casi todos los días: no soportaba dar la vuelta. No es que fuera valiente ni que anduviera buscando aventuras, como dicen en las historias de espantos. Era que rodear me dolía, así como a otros les duele esperar en una fila. Si el camino largo eran ocho minutos y el corto eran tres, yo me metía por donde fuera con tal de no perder los cinco que sobraban. Brincaba bardas, cruzaba patios que no eran míos, me metía entre las macetas de doña Carmen sin pedir permiso. Me regañaron cien veces por eso. Ni una vez me sirvió.

En mi casa éramos cuatro. Mi mamá, que vendía fruta en el mercado; mi abuelita, que vivía con nosotras desde antes de que yo naciera y a la que yo le hablaba de tú, como se acostumbra aquí, aunque a la maestra sí le decíamos usted en el salón; y Beto, mi hermano, el socoyote de la casa, que entonces tenía seis años y le daba por seguirme a todas partes aunque yo no quisiera.

Y estaba el cerro.

El Cerro de las Culebras se ve desde el parque del centro, con su cruz arriba y los escalones donde la gente sube a hacer ejercicio los domingos. De chiquita yo pensaba que era nomás un cerro, con piedras como cualquier otro. Pero el cerro hacía cosas que ningún cerro debería hacer si de veras fuera puras piedras. Tapaba el sol a las cinco de la tarde, antes que a cualquier otra calle del pueblo. Cuando llovía, mandaba el agua derechito para el lado del mercado, aunque la lógica del terreno dijera que debía irse para otro lado. Y si uno subía unos cuantos escalones, el cerro se tragaba el ruido de la calle, los carros y los gritos y todo, y ahí arriba solo se oía el viento entre los pirules.

Eso lo contó la maestra Rosalba, la de primero, un martes, sin darle ninguna importancia, como quien cuenta que va a llover. Dijo que el cerro no tenía piedras por dentro: que tenía una víbora dormida, enroscada alrededor de todo el cerro desde la punta hasta la falda, y que la cueva tapiada del lado donde no pega el sol era la boca de la víbora, cerrada. Por eso el pueblo se llamaba Coatepec, dijo, que quiere decir cerro de las culebras.

Los niños se rieron. Yo también me reí. Me pareció de esas historias que las maestras cuentan para que uno se porte bien, o para que no ande solo en la calle a la hora en que sale el chipichipi.

Nadie volvió a mencionarlo, y la semana siguió con lo de siempre: tarea, recreo, y la fruta del puesto de mi mamá los sábados.

Jueves de lluvia

Ese jueves salí del mercado con mi mamá cuando ya estaba oscureciendo, con el chipichipi encima, ese que aquí no moja de golpe sino que va calando poquito a poquito. El camino de la casa daba la vuelta completa al cerro: quince minutos por la calle empedrada de abajo. El atajo subía diez escalones, cruzaba por arriba, pasaba a tres metros de la boca tapiada de la cueva, y bajaba por la otra ladera. Cinco minutos, si acaso.

Ella se fue por el camino largo, con la fruta que no se había vendido tapada con un plástico. Le dije que la alcanzaba en la casa y me metí por los escalones antes de que me pudiera decir que no.

Subí rápido, con la cabeza agachada por la lluvia. El empedrado que llevaba pisando desde que tenía siete años —el mismo, las mismas piedras acomodadas igual que siempre— me quemaba las plantas de los pies con lo tibio que estaba. No caliente. Tibio, con el chipichipi cayéndole encima entero desde hacía rato, cuando lo normal es que la lluvia deje frío hasta el aire. Me paré a media subida y puse la mano en el suelo, para estar segura de lo que sentía en los zapatos. Tibio.

Seguí caminando, porque ya estaba oscureciendo y no me iba a quedar ahí parada.

Y entonces pasé frente a la boca de la cueva.

Siempre había estado tapiada con piedra suelta y basura, amontonada de cualquier modo. Esa tarde no. Las piedras de la boca se habían acomodado hacia adentro, unas sobre otras, en un orden que las piedras sueltas no tienen solas. Y una de ellas, la de más arriba, se movía. Despacio. Para arriba y para abajo, para arriba y para abajo, sin parar.

No corrí. Eso lo recuerdo clarito, porque después, cuando lo conté, todos me preguntaban si había corrido, y no corrí. Bajé los escalones de la otra ladera caminando, con las piernas que no me hacían caso del todo, y cuando llegué abajo el ruido de la calle volvió: los carros, una señora gritándole a su hijo, un perro que ladraba en algún patio.

Llegué a la casa antes que ella, que venía por el camino largo. No le dije nada. Tampoco se lo dije a mi abuelita esa noche, ni a Beto. Me pareció que si no lo contaba se quedaba nomás en mí, y que al día siguiente ya iba a parecerme una tontería, de esas cosas que uno sueña y que al despertar ya no dan miedo.

No fue así.

Día de mercado

Ese sábado fuimos al mercado como todos los sábados, mi mamá y yo, desde antes de que saliera el sol.

El puesto de mi mamá estaba entre el de doña Filomena, que vendía flores, y el de un señor que traía jinicuiles y totoles en jaula, y que los sábados llegaba con la camioneta cargada hasta arriba. Yo acomodaba la fruta en pirámide, primero los mangos y después las naranjas, porque ella decía que la fruta bien acomodada se vendía sola. Le ayudaba a sacar cuentas de cabeza, más rápido que ella con la calculadora, y me gustaba que la gente se sorprendiera con eso.

A media mañana llegó una señora con dos bolsas de mandado. «Doña Guadalupe, ¿no me deja el kilo un poco más barato?», preguntó, y ella le dio dos mangos de más, de esos que ya estaban un poquito golpeados, y le dijo «ahí le va la ganancia», y la señora se rió y dijo que por eso volvía siempre a ese puesto y no a otro. Le dieron su cambio en morralla, puros veintes y dieces, y la señora los contó ahí mismo, con los dedos, antes de guardarlos en el monedero.

Al rato hubo un pleito entre dos señoras por un lugar en la fila del carnicero, que las dos decían que era suyo. Se dijeron de cosas por un buen rato, hasta que la del puesto de al lado las paró con un «ya, ya, no sean así» y las dos se hicieron las que no había pasado nada. Beto, que ese día vino con nosotras porque mi abuelita tenía que ir al centro de salud por sus pastillas, se paró a ver el pleito con la boca abierta, sin perderse ni un grito.

A mediodía nos sentamos un rato en un tenate volteado, a comer lo que mi mamá había traído en una bolsa: pan dulce y café con leche en un termo. Beto se manchó toda la camisa y ella nomás movió la cabeza, sin regañarlo, porque los sábados de mercado nadie tenía tiempo de enojarse en serio por nada. Un perro flaco se paró frente a nosotros esperando que se le cayera algo, y Beto le tiró un pedazo de pan a propósito, aunque mi mamá le había dicho que no.

Cerca de las dos, cuando ya casi se habían acabado los mangos, mi mamá contó la morralla del día, la separó de los billetes, y me dejó guardar las monedas en la bolsita de tela que siempre traía para eso. Recogimos el puesto, doblamos el plástico, y nos fuimos caminando para la casa con las canastas vacías y el sol pegando fuerte, como cualquier sábado de mercado.

Lo que me pasó

El viernes, un día antes de ese sábado de mercado, ya no quise cenar. Dejé el plato entero en la mesa y le dije a mi abuelita que ya había comido en la escuela, que nos habían dado un dulce de sorpresa. No era cierto. Mi abuelita me creyó, porque hasta entonces yo nunca le había mentido en nada que se pudiera comprobar tan fácil.

El sábado, aunque en la mañana anduve con mi mamá en el mercado como siempre, sacando cuentas y acomodando mangos, esa noche, cuando mi abuelita me preguntó algo en la cena, no le contesté con palabras. Nomás con la cabeza, para sí o para no. Ella se quedó viéndome un rato largo, pero no dijo nada todavía.

El domingo me metí al cuarto de mi abuelita con la luz apagada y ahí me quedé, sentada en el piso junto a la cama, sin querer salir aunque afuera hiciera sol y Beto me llamara para jugar. Mi abuelita entró dos veces a verme y las dos veces me encontró igual, quietecita, viendo hacia ningún lado.

El lunes, cuando mi abuelita me agarró la muñeca para levantarme de la cama porque ya era tarde para la escuela, se me quedó la mano floja, como si no tuviera hueso adentro. Se lo dijo a mi mamá esa misma tarde, en la cocina, con la voz baja que usan los grandes cuando creen que uno no los está oyendo: que yo me había enfermado de la impresión, que a saber qué había visto, que a esta niña le entró el nervio. Ella se quedó callada un rato antes de contestar nada.

Y ahí fue cuando mi mamá se dio cuenta de otra cosa, que a mí ni se me había ocurrido contar: yo había dejado de meterme por los atajos. Ya no brincaba bardas, ya no cruzaba patios ajenos. Rodeaba, con todo y que rodear siempre me había dolido más que cualquier regaño. Eso, para ella, que me conocía de toda la vida, fue peor que la mano floja y que el plato sin tocar.

Esa noche mi abuelita se sentó un rato en el borde de mi cama y me dijo, bajito, que tu mamá ya se había dado cuenta, mija, y que iba a buscar ayuda. Yo nomás la vi, sin contestarle nada.

El martes, Beto fue el que se dio cuenta de lo peor. Me habló desde la puerta de mi cuarto, por mi nombre, y yo tardé. No sé cuánto exactamente, pero tardé lo bastante para que un niño de seis años se asustara y fuera corriendo a buscar a mi mamá. Después, cuando ya todo había pasado, Beto lo contaba así, con esas palabras exactas: «Le dije Nayeli y no era Nayeli todavía.»

Esa misma tarde acabé sentada en una camilla del centro de salud, con el doctor abriéndome los ojos con los dedos, revisándome la garganta, haciéndome abrir y cerrar la mano floja, y apuntando en una hoja mi nombre y mi edad, todo con mucha calma. Ya en la puerta, le dijo a mi mamá:

Ella le dio las gracias. Y se le notó en la cara, todo el camino a la casa, que no le había creído nada.

La piedra

En la casa probaron primero lo que ya se sabía. Del suéter, mi abuelita me lo puso al revés y me trenzó un listón rojo, dos vueltas bien apretadas. Y en el escalón de la puerta amaneció una raya de tierra oscura, la del panteón, mezclada con sal negra, que nadie debía pisar. Nombre. Nada cambió: para el jueves, cumplida la semana, casi no hablaba, y las respuestas se me atoraban antes de salir.

Fue mi abuelita la que se acordó de la señora de la esquina de la vieja vía, a la que en la casa nomás le decían doña Cande. No tenía consultorio ni letrero, no cobraba, y cuando alguien iba a buscarla nunca explicaba de dónde le venía lo que sabía. Mi mamá me llevó una tarde, agarrada de la mano todo el camino, que esa vez sí fue por donde debía ser, sin atajos, porque yo ya no los buscaba.

Doña Cande me sentó en una silla del patio y rezó un rato largo a las ánimas benditas del purgatorio, en voz baja, con las manos sobre mi cabeza. Cuando terminó me miró como si estuviera viendo algo detrás de mis ojos y no adentro de ellos, y le dijo a mi mamá que eso solo no iba a alcanzar. Que hacía falta una piedra del empedrado de arriba del cerro, de las de cerca de la boca de la cueva, y que la tenía que traer yo misma, con mi propia mano, y por el camino largo, rodeando, de ida y de vuelta.

Fue la primera vez en mi vida que rodeé un camino a propósito. También fue la única.

Subí por la calle empedrada de abajo, los quince minutos completos, con mi mamá caminando a mi lado sin decir nada. El cerro, allá arriba, hacía lo de siempre: tapaba el sol, aunque todavía no fueran las cinco. Llegué hasta los escalones por la otra ladera, subí, y agarré una piedra pequeña de cerca de la boca tapiada, sin mirar mucho tiempo hacia adentro. Bajé, y otra vez rodeé, quince minutos, hasta la casa de doña Cande.

Ahí me pasó la piedra por la nuca y por las corvas, despacio, mientras rezaba otra vez, y mandó a mi mamá a la calle a gritar tres veces mi nombre entero, con los dos apellidos incluidos.

No contesté.

Sentí que algo en mí se movía, como cuando uno despierta a medias y todavía no sabe en qué cuarto está.

A la tercera contesté antes de pensarlo, con la voz entera, la de siempre: «¡Aquí estoy!»

Después

Quedé bien. Volví a comer, volví a hablar sin que nadie tuviera que preguntarme dos veces, y a la escuela regresé el lunes siguiente, cuando la maestra Rosalba ya había cambiado de tema y contaba otra cosa distinta del cerro.

Y seguí sin soportar dar la vuelta. El libro de mi vida, si alguien lo hubiera escrito entonces, no habría podido decir que aprendí la lección: a la semana ya estaba brincando otra vez la barda del vecino, con Beto detrás gritándome que esperara.

La piedra la devolví yo misma. Subí por el atajo, esa vez sí por el camino corto, y la puse en la boca de la cueva, pero acomodada para afuera, no para adentro, con la mano abierta, tal como doña Cande me había dicho.

Ese año, en la fiesta del pueblo, subimos todos al cerro con velas, como se hace siempre. Subió mi mamá, subió mi abuelita despacio, agarrada del pasamanos, subió Beto adelante de todos. Subí yo también.

Y arriba, cuando el ruido de abajo se apagó del todo, como se apaga siempre en cuanto se suben esos escalones, volteé hacia la boca de la cueva.

Las piedras se habían vuelto a acomodar para adentro.

Nadie más volteó.