Las muestras Veracruz · 5/5

La banca de los portales

San Andrés Tuxtla


Los portales

Somos tres hermanos y yo soy el de en medio, que es el peor lugar para nacer si lo que a uno le gusta es que no lo vean. Al grande le tocaba mandar y a Lupe, la socoyota, le tocaba que la cargaran. A mí no me tocaba nada, y por eso encontré mi lugar solo: detrás de las cosas.

No era por chismoso. Eso se lo tuve que explicar después a mi tía Chila, cuando ya no tenía caso explicarlo. A mí no me gustaba que me vieran. Me pesaba, como cargar algo que no se ve pero sí pesa. En cambio ver a los demás, eso sí me gustaba, y podía quedarme horas si encontraba un buen sitio: atrás de una columna, abajo de una mesa, en la esquina donde no llegaba la luz. Ahí sí estaba a gusto.

Y en San Andrés Tuxtla, mi pueblo, el mejor sitio para eso eran los portales de la plaza.

La plaza tiene su quiosco en medio, y alrededor los portales, que son como un pasillo largo con columnas gruesas y techo bajo. De día pasa ahí el pueblo entero: los que vienen del mercado, que está a una cuadra, los que salen de misa porque la parroquia queda enfrente, los muchachos jugando mona junto al quiosco, algún chamaco con su pandorga que no quiere subir por falta de aire. De noche los portales se ponen distintos. Prenden los focos, uno por columna, menos el de la esquina de allá, que nunca ha prendido bien, y ahí se hace un pedazo oscuro del tamaño de una banca de piedra.

Ésa era mi banca.

En la plaza, de noche, siempre estaban las mismas tres personas. Todas las noches. Don Emilio, el bolero, con su cajón en el mismo lugar hasta las diez, dando grasa y sacando brillo bajo el foco bueno. Y en la esquina de enfrente, las dos señoras de los tamales, con su olla tapada, hasta que se les acababan, que era cerca de las nueve y media casi siempre. Tres personas. Uno se acostumbra a que estén, igual que uno se acostumbra al reloj de la parroquia.

Yo me sentaba en la banca de piedra, del lado donde el foco no prendía, y desde ahí veía todo eso sin que nadie me viera a mí. Veía a don Emilio hablarle de usted a los niños de cinco años, porque así le hablaba a todo el mundo, por su oficio. Veía a las señoras de los tamales cobrar y regalar la ñapa a los chiquillos. Veía a mi tía Chila, que vendía dulces los domingos, saludar a media plaza con puro nombre, porque en San Andrés a cualquier mayor se le dice tío o tía aunque no sea de la familia, y a ella la saludaban así hasta los que no eran sobrinos suyos.

Nada de eso era un mal lugar para estar. Era mi lugar bueno, y de ahí no lo cambio.

La mandada

El viernes de esa semana mi mamá me mandó a la plaza a las nueve de la noche a buscar a mi tía Chila, que se le había hecho tarde recogiendo su puesto.

Era una noche igual a otras cien. Hacía el calor que hace en San Andrés aunque ya sea de noche, ese calor que no baja nunca del todo. La retreta ya se había acabado, la alcancé a oír de lejos, terminando, cuando salí de la casa, y los últimos que se quedaban en el quiosco ya se estaban yendo para sus casas. Don Emilio seguía en su cajón. Las señoras de los tamales seguían con su olla. Un topotero pasó todavía con su canasta, ofreciendo lo último de sus totopostes de viento, y el olor se quedó un rato en el aire del portal.

Llegué a la plaza y no vi a mi tía por ningún lado, así que hice lo que hago siempre: en vez de pararme en medio, bajo el foco, a esperar que alguien me viera y me dijera algo, me fui derecho a mi banca. Me senté del lado oscuro, con las piernas recogidas, y me quedé quieto a ver si la veía llegar.

Nadie me vio meterme ahí. Eso también era normal.

Me quedé viendo la plaza como la veo siempre: los muchachos que ya se iban, alguien que cerraba una reja, un perro que cruzó sin apuro. Pensé que mi tía capaz ya se había ido por otro lado y que yo iba a llegar a la casa antes que ella y me iban a regañar por lento. Pensé en eso un rato largo. No pensé en nada más.

El foco

Cuando volví a fijarme en la hora, ya debían ser las nueve y veinte. Y faltaba algo. El cajón de don Emilio seguía en su lugar, con la grasa y los trapos puestos, pero don Emilio no estaba. La olla de los tamales seguía tapada en su banco, pero las dos señoras no estaban. Los tres lugares que siempre tenían a alguien estaban vacíos al mismo tiempo, y yo, desde mi banca, era la única persona en todo el portal.

No lo pensé mucho en ese momento. Uno no piensa en lo que falta cuando no sabe todavía que va a hacer falta pensarlo. Me quedé sentado, quieto, con la espalda pegada a la columna, y fue entonces cuando la vi entrar por el portal de enfrente.

Caminaba pegada a la pared, del lado donde el foco no prendía, y mientras ella pasaba el foco de la otra esquina, el bueno, el de siempre, tampoco prendió. Se apagó solo, un momento, y volvió cuando ella ya había pasado. Yo no dije nada. No me moví. Ella cruzó a medio metro de mi banca y no me vio, porque yo estaba del lado oscuro, que era justo el lado por donde ella iba.

Cruzó el charco que se hace siempre bajo esa gotera del portal, el mismo charco de todos los días de lluvia. El agua no se movió. Ni un anillo, ni una onda, nada.

Se fue por donde sigue el portal, hacia la esquina de la parroquia, y yo me quedé sin moverme un rato largo, viendo el pedazo de plaza por donde ya no se veía a nadie.

Al día siguiente, en el mercado, oí a dos señoras hablando mientras mi tía Chila compraba jitomate. Decían que a un señor de otra manzana, de ésas que uno no conoce porque quedan lejos de la nuestra, lo habían levantado del camino cerca de las once de la noche, sentado en la orilla, con mucho frío. No supieron decir más. Yo no conocía al señor, y nadie volvió a hablar de él.

Esa tarde caminé de regreso a la casa por en medio de la calle, que es algo que yo nunca hago.

Viernes a martes

El viernes, en la noche, me dio frío. No frío de que hiciera frío, porque en San Andrés no hace, sino frío de adentro, con el cuerpo caliente por fuera. Mi tía Chila me puso la mano en la frente y luego en el cuello.

El sábado no quise comer. Mi mamá me hizo atole y yo me quedé con el jarrito enfriándose en las manos, sin llevármelo a la boca. Ella no dijo nada esa vez, pero se quedó viendo el atole como si el atole tuviera la culpa.

El domingo no hablé casi. Me metí al cuarto de atrás, el que da al patio, y no prendí la luz. Me quedé ahí, sentado en el suelo, sin hacer nada. Lupe fue la que me encontró, porque a ella la mandaron a buscarme para la comida, y salió corriendo a decir que yo estaba a oscuras y que no le contesté cuando me habló.

El lunes no dormí. Mi mamá me oyó pasar por el corredor a las dos de la mañana, mueso, arrastrando los pies, y cuando me preguntó adónde iba yo no supe qué contestarle.

El martes mi tía Chila me agarró la muñeca con dos dedos y se quedó un rato callada, sintiendo.

Ese mismo martes, por la tarde, don Emilio me encontró cerca de su cajón, en la plaza, y me dijo mi nombre.

Yo tardé. Primero no contesté nada. Luego, cuando por fin volteé, no volteé hacia don Emilio, que estaba enfrente de mí, sino hacia la banca, que estaba vacía.

Ahí fue cuando mi mamá dijo que ya bastaba. Me llevó al doctor del centro de salud, que me revisó con calma, me vio los ojos y la garganta y me tocó la panza, y me mandó a hacer un análisis que salió limpio. No me encontró nada. Le dijo a ella que me diera de comer, que me hiciera dormir, y me mandó a la casa con un suero de esos de sobrecito. Fue amable. Hizo bien su trabajo. Nomás que no encontró lo que tenía.

La señora del otro lado del mercado

En la casa, mi tía Chila hizo primero lo que se hace siempre. Me barrió entero con una rama de albahaca, de arriba abajo, despacio, y después me pasó un huevo por todo el cuerpo, también despacio, mientras decía cosas en voz baja que yo no alcanzaba a oír bien. Lo hizo dos veces esa semana. No sirvió. Yo seguía sin comer y sin contestar a tiempo cuando me hablaban.

Y así fue como llegamos, un miércoles por la mañana, a la casa de la señora que sabe, del otro lado del mercado.

No tenía consultorio ni letrero. Era una casa igual a las otras, con la puerta abierta porque hacía calor, y adentro olía a algo que no supe nombrar entonces y que ahora, de grande, todavía no sé nombrar. No cobró nada. No explicó nada, ni antes ni después. Nos hizo pasar y me sentó en una silla baja, frente a ella.

Me tomó las muñecas, una y otra, y luego me tocó despacio las sienes con los dedos, como si estuviera escuchando algo por ahí. Me persignó con una rama de albahaca y con unas rosas rojas que tenía en un vaso sobre la mesa. Después agarró un huevo de rancho, de ésos con la cáscara más oscura, y me lo fue pasando despacio, de la cabeza a los pies, sin prisa.

Lo quebró en un vaso con agua y se quedó viéndolo mucho rato. Nadie dijo nada en todo ese tiempo. Sobre la mesa, junto al vaso de las rosas, había un poco de maíz morado y una botella de jerez, y yo no supe entonces para qué eran, ni lo sé ahora, y nadie me lo dijo.

Al final levantó la vista y dijo lo único que le oí decir en toda la mañana:

No dijo de qué. No dijo qué vio en el vaso. Le dijo a mi mamá que había que ir a los portales, de día, y después al panteón, y que ahí se terminaba.

El panteón

Fuimos el jueves, temprano, cuando la plaza todavía tenía esa blandura de la mañana que no deja ver bien la otra esquina. Mi mamá, mi tía Chila y yo. Había gente pasando, alguien barriendo enfrente de su puesto, un camión repartiendo el pan. Nos paramos junto a mi banca, la de siempre, ahora con luz de día encima, sin nada de oscuro en ninguna parte.

Mi tía Chila se persignó. Mi mamá me puso la mano en el hombro. No hicimos nada más ahí, sólo estar, un rato, en el mismo lugar donde yo me había sentado esa noche.

Después caminamos hasta el panteón del pueblo, que no está lejos. Fuimos a una parte vieja, de tumbas sin nombre ya, gastadas por los años, donde nadie va a visitar a nadie porque no queda quién. Mi tía Chila dejó algo ahí, entre las piedras, sin decir de quién era ni por qué. Nunca supe quién estaba enterrado en ese pedazo, ni su nombre, ni su historia, y nadie me lo dijo, y yo tampoco pregunté.

Volvimos a los portales. Mi mamá se paró frente a mí, me tomó de los dos brazos y me miró a los ojos.

Yo no contesté nada. Sentí que algo, dentro, se quedaba callado también, como esperando.

A la tercera vez contesté antes de pensarlo, antes de decidir que iba a contestar.

Esa misma tarde llevamos lo que había sobrado —las hierbas, el huevo, lo que quedaba— hasta el arroyo que cruza el pueblo, a un pedazo donde no llega nadie a lavar ni a bañar animales, y ahí lo dejamos ir con el agua. Mi tía Chila dijo que ahí se iba el mal, río abajo, y que no se volteara a ver.

No volteé.

Los dos días

Después de eso me encerraron dos días. No podía salir, ni mojarme, ni comer carne ni chile. Puro atole, mañana y tarde, y una sopa aguada que a mí no me gustaba nada. Fueron los dos días más aburridos de mi vida. Me la pasé sentado junto a la ventana del patio, viendo llover un rato y viendo el sol otro rato, y Lupe me metía cositas por debajo de la puerta cuando mi mamá no la veía: una canica, un dibujo, una vez hasta un totoposte a medio comer que yo no quise por el chile. «Ya, chocoyote, déjalo», la oía decir a mi mamá desde la cocina.

Al tercer día ya podía salir. Comí bien esa noche, dormí de corrido, y cuando mi mamá me habló a la mañana siguiente contesté al primer llamado.

Quedé bien. Volví a la escuela, volví a jugar, volví a todo. Y volví, también, a esconderme para ver. Eso no se me quitó, y nadie dijo que tuviera que quitárseme, y a las dos semanas ya estaba otra vez atrás de una columna, viendo pasar el mercado sin que nadie me viera a mí.

Una noche de retreta, con la plaza llena y el portal lleno de gente, el foco de mi esquina se apagó un momento, justo cuando yo iba llegando, y no me dio tiempo de esconderme del todo. Cuando volvió a prender, el cajón de don Emilio estaba en su lugar. La olla de los tamales estaba en su lugar. Y la banca, mi banca, estaba mojada, aunque esa noche no había llovido.

No dije nada. Me fui a sentar más adelante, bajo el foco bueno, con la gente, y de ahí vi la retreta hasta que se acabó.