Las muestras Veracruz · 4/5

El cayuco del Jamapa

Medellín de Bravo


El embarcadero

Del lado de la barranca, para llegar a cualquier parte primero hay que ver el río, así que crecí viéndolo. El Jamapa pasaba ancho y tranquilo frente a la casa, con el puente allá arriba, lejos, y acá abajo el embarcadero de tablas donde los cayucos se quedaban amarrados en la otra orilla, meciéndose despacio contra la corriente. Había un malecón chiquito con tres bancas de cemento, y más allá la barranca de arena donde las señoras bajaban a lavar con la ropa mojada colgándoles del hombro.

Mi mamá vendía tamales de cazuela en la terminal, y al lado tenía su puesto mi tía Rita, que no era pariente sino del respeto que se le da a cualquier mayor por aquí. A las dos las oía yo desde lejos, porque de eso se trataba mi defecto: yo no caminaba hasta la gente, le gritaba. Gritaba desde el patio, gritaba desde el puente, le gritaba a Yaya, mi hermana —mi mamá la llamaba la socoyota—, para que me alcanzara. Era mi manera de estar en todos lados sin moverme, y mi mamá llevaba años diciéndome que eso, aquí, no se hacía.

Yo le hacía caso un rato y luego se me olvidaba. Al fin y al cabo el río también se oye de lejos, y a mí me parecía que si el río podía, yo también.

Con la mano

Al que cruzaba a los cayuqueros de un lado a otro le decían Don Nico, y llevaba treinta años haciéndolo, desde antes de que naciera mi mamá. Era flaco, con la piel curtida de tanto sol sobre el agua, y no cruzaba de noche por nada del mundo. Eso lo sabía todo el pueblo.

Una tarde de sábado, con el embarcadero lleno de gente esperando su turno, oí que un señor le preguntaba por qué tenía esa regla, y Don Nico contestó sin misterio, levantando la mano abierta para que se viera:

Nadie preguntó más. Yo estaba sentada en una banca comiéndome una paleta y me quedé con esas palabras guardadas sin saber para qué.

Esa misma tarde vi a doña Herlinda pararse en la orilla y levantar la mano, así, quieta, y de la otra orilla se soltó un cayuco solo, derechito, y ella cruzó y volvió con su bolsa de mandado sin que le pasara nada. Después vi al hijo de don Prisciliano hacer lo mismo. Nadie gritaba en ese embarcadero. Se paraban, levantaban la mano, y el río les mandaba lo que pedían.

El jueves

El jueves se me hizo tarde en la otra orilla. Había ido por morralla para mi mamá, a que me la cambiaran donde el señor de las paletas, y cuando terminé ya bajaba la tarde y el puente me quedaba a veinte minutos caminando, con la bolsa pesándome del brazo.

En ese lado del río había tres sonidos que uno aprendía a usar de reloj: el agua contra las tablas del embarcadero, que nunca paraba; las chicharras, que se ponían más fuertes cuando bajaba el sol; y la bomba del pozo de la casa de enfrente, que sacaba agua gorda para lavar y sonaba a cada rato, tan seguido que con ella yo sabía la hora sin ver ningún reloj.

No quise caminar hasta el puente. Se me hizo más fácil gritar.

La bomba se calló.

No le hice caso. Grité otra vez, más fuerte:

Y entonces las chicharras también se callaron, todas juntas, de golpe. El agua no. El agua se quedó ahí, contra las tablas, la única que seguía.

El cayuco vino solo.

Venía derecho, contra la corriente, sin que nadie lo remara y sin que se viera ninguna vara moviéndolo. Cruzó todo el río así, despacio, hasta que se paró en la arena justo donde yo estaba parada, exacto, sin errarle ni un metro.

No me subí.

Lo miré por dentro. El asiento de en medio estaba mojado —una mancha oscura y redonda, del tamaño de alguien sentado— y no estaba lloviendo, y todo lo demás por dentro estaba seco. La madera de los lados, seca. El piso, seco. Nomás ese asiento.

Me quedé viéndolo un rato largo. Después agarré mi bolsa y caminé hasta el puente, sin correr, aunque tenía ganas.

Cuando llegué al puente, la bomba ya estaba sonando otra vez.

Los días

El viernes no cené. Le dije a mi mamá que había comido tamal en el puesto, y no era cierto.

El sábado no grité. Yo, que gritaba desde que aprendí a hablar, no levanté la voz en todo el día, y fue mi tía Rita la que lo notó primero, porque su puesto y el de mi mamá quedaban uno junto al otro y de repente el de nosotras se quedó callado.

El domingo no dormí. Me desperté a las dos de la mañana y me quedé quieta, con los ojos abiertos, sin ganas de moverme ni de llamar a nadie.

El lunes me metí debajo del catre, donde no llegaba la luz, y ahí me quedé a gusto, encogida, mientras afuera me buscaban. Yaya me encontró primero. Tenía cuatro años y se agachó a verme con la cara chueca de no entender.

El martes mi mamá me agarró del brazo para levantarme y me sintió el codo frío, tan frío que se detuvo antes de terminar de jalarme.

Y estaba el otro asunto, el que nadie sabía nombrar tan claro como mi mamá lo sintió: me llamaban por mi nombre y yo tardaba. Primero un segundo. Luego tres. Y cuando contestaba, contestaba bajito, casi sin voz, yo, que llevaba diez años gritándole al mundo entero desde lejos, ahora ni de cerca alcanzaba a que me oyeran.

Me llevaron al doctor de Medellín. Me subió a la báscula, me hizo abrir la boca para verme la garganta, me picó la panza con dos dedos y mandó sacar sangre.

No le encontró nada.

Mi mamá no dijo nada en el consultorio. Ya afuera, caminando hacia la parada, sí me dijo:

Tardé. Un segundo, tal vez dos.

Y mi mamá me tomó de la mano fría, ahí en plena calle, y me dijo, casi para ella misma:

Yo no entendí por qué me lo decía a mí. Ella tampoco parecía saber muy bien por qué lo había dicho.

Rita

En la casa probaron lo que sabían. Mi mamá me sacó el vestido, me lo puso al revés y en la muñeca me apretó un listón rojo, tan apretado que me dejó marca. Me tapó hasta el cuello aunque no hacía frío, y a fuerzas me dio un té de no-sé-qué hierba que sabía amargo.

Nada de eso sirvió. Las respuestas se me seguían atorando, y la voz no me subía ni para pedir agua.

Fue mi tía Rita la que se plantó en la puerta al tercer día sin resultado.

Mi tía Rita no era curandera. No cobraba, no tenía consultorio, no le explicaba nada a nadie de lo que hacía ni por qué. Lo que sabía lo sabía porque era de aquí, del río de toda la vida, y porque su mamá lo hacía antes que ella, y la mamá de su mamá antes de eso. Sin ceremonia, sin receta escrita en ningún lado.

Me sentó en una silla del patio, me miró un rato largo, callada, y luego dijo, más para sí que para mí:

Mediodía

Mandó traer agua del Jamapa en la olla grande, pero no cualquier agua: tenía que ser agarrada de la orilla con la mano, del río mismo, no de la canoa ni de ninguna cubeta que hubiera cruzado. Fue mi mamá quien bajó a la barranca y metió las dos manos en la corriente hasta llenar la olla, viaje tras viaje.

Con esa agua, Rita me mojó la nuca, las muñecas y las plantas de los pies. Después me pasó la mano mojada por la cara, despacio, sin decir nada. El agua estaba fría y olía a río, a nada más que a eso.

Yo no pregunté por qué a esa hora. Ya me acordaba de Don Nico y su cuento del mediodía que no cobraba.

Caminamos las dos, ella con la olla vacía todavía mojada por dentro, yo arrastrando los pies. Llegamos cuando el sol pegaba parejo, sin sombra, y el agua contra las tablas sonaba igual que siempre.

Mi mamá ya estaba en la otra orilla. No supe en qué momento había cruzado por el puente para llegar antes que nosotras.

Mi tía Rita se paró en la orilla, donde el jueves me había parado yo, y levantó la mano, abierta, quieta, sin decir una sola palabra. Antes de pedir nada, me vio de reojo y dijo, bajito:

Se quedó así, con la mano en el aire, un rato que se sintió más largo de lo que fue.

De la otra orilla se soltó un cayuco.

Y entonces mi mamá, parada en la arena de enfrente, gritó mi nombre completo, los dos apellidos, cruzando el río con la voz:

No contesté. El nombre me llegó de lejos, como me había estado llegando todo desde el jueves.

Sentí que algo en mí se movía, despacio, como quien empieza a despertar sin querer todavía abrir los ojos.

A la tercera vez, mi mamá gritó mi nombre completo una vez más, y yo contesté antes de pensarlo, sin darme cuenta de que iba a hacerlo:

Y me salió fuerte. Tan fuerte que un señor que esperaba su turno para cruzar volteó a verme.

Mi tía Rita no dijo nada. Nomás asintió, seco, y caminó hasta la orilla y vació ahí la olla, del lado de la arena, donde nadie la fuera a pisar. El agua se regresó al río de donde había salido.

La creciente

Comí esa noche como no había comido en una semana. Dormí de corrido hasta que salió el sol. Al otro día contesté a la primera cuando mi mamá me llamó desde la cocina, y ella se quedó parada un momento en la puerta, viéndome, antes de decir nada.

Seguí gritando de lejos. Eso no se me quitó: a la semana ya le estaba gritando a mi tía Rita desde el puente, que si le faltaban tamales, que si ya se iba a cerrar el puesto. Ella nomás levantaba la mano sin voltear, como diciendo que sí, que ya oyó.

De la canoa de aquella tarde no volví a saber nada, y tampoco la busqué.

En octubre subió el río. La creciente de ese año tapó el embarcadero entero, y desde el puente uno veía los cayucos amarrados jalando la cuerda de un lado a otro, inquietos con la corriente crecida. Todos menos uno.

Había un cayuco desamarrado, quieto contra el agua, exactamente donde antes había arena y ya no la había. Nadie lo había pedido.

Me quedé viéndolo un rato desde el puente, con la bolsa del mandado colgándome del brazo, y después seguí caminando hacia la casa, porque ya se me estaba haciendo tarde.