Las luces de la Laguna Salada
Laguna Salada
UnoLa noticia
Mi jefa me dijo lo de Tijuana un miércoles, mientras hacíamos tortillas de harina en la mesa de la cocina, y no me lo dijo bonito ni con rodeos: que le habían salido de trabajo en un hotel de allá, que nos íbamos esa semana en el camión de la noche, y que íbamos a ver si nos quedábamos.
Yo tenía 11 años y había vivido siempre en Mexicali, en una calle donde a las cuatro de la mañana ya se oía a don Chuy calentando la troca para cruzar por Calexico. Todos los días igual. Yo contaba los intentos que le costaba prender el motor, nomás por costumbre, antes de volverme a dormir.
Porque así soy yo. Cuento. Cuento escalones, cuento postes, cuento las toses de alguien enfermo en la fila de la tienda. Y no puedo dejar un conteo a la mitad: si alguien me interrumpe, tengo que empezar otra vez desde el uno, aunque ya llevara la mitad hecha. Mi jefa dice que es maña. La maestra dice que es nervios. Yo digo que nomás así soy, y que no me pesa, porque contar acomoda las cosas por dentro, como cuando ordenas los útiles en la mochila antes de un examen.
Esa semana a mi jefa le llegó un mensaje en el celular, de la señora del hotel: don't forget your ID, see you Monday, y lo volvió a leer aunque su inglés era de puro trabajo, nomás lo justo. Guardó el celular y se quedó viendo el clóset abierto, calculando qué se llevaba y qué se quedaba.
—¿Y si no nos quedamos allá? —le pregunté.
—Pos ni modo, nos regresamos —dijo, doblando una blusa—. Pero hay que ir a ver.
Mi tío mandaba dólares de vez en cuando desde el otro lado, para las primas, y con parte de eso mi jefa se había comprado una licuadora usada que traían de allá, de las buenas, de las que no se queman. La empacó envuelta en dos toallas, en medio de la maleta, como si fuera lo más importante de todo lo que llevábamos.
La tarde antes de irnos bajé a la esquina, al tianguis de los jueves, nomás a ver, porque ya sabía que en Tijuana no iba a haber el mismo. Estaban las señoras de siempre con la fruta, el puesto de las maquinitas de moneda donde nunca me alcanzaba, y la paletería de don Efrén, que me regaló una paleta de nuez sin cobrarme porque ya sabía que nos íbamos.
—Órale, pórtate bien allá —me dijo, y eso fue todo lo que me dijo.
El sábado en la tarde agarramos la calafía de la colonia hasta la Central, con las maletas y la licuadora aparte, en su propia bolsa. Yo iba contando las paradas nomás por no ir viendo la ventana, y mi jefa iba viendo la ventana nomás por no pensar.
Llegamos con tiempo. Compramos un lonche para el camino y nos sentamos a esperar la salida.
DosLo que no se cuenta
El camión salió a las nueve y algo, ya cerrado el sol, con el chofer anunciando la ruta por el micrófono con la misma voz pareja de siempre, aunque llevaba veinte años haciéndola: don Beto, un señor grande, moreno, con las manos cuarteadas del volante.
Subimos por La Rumorosa despacio, entre las piedras que parecen apiladas por alguien y no por el tiempo, y adentro del camión sonaba una estación de Mexicali que se iba perdiendo poco a poco entre estática, con una norteña de fondo que nadie apagaba.
Yo iba junto a la ventana. Mi jefa iba dormitando con la cabeza recargada en mi hombro, y yo contaba las curvas del camino nomás por tener algo que hacer con la cabeza, porque no me podía dormir en camión, nunca he podido, ni de morra chiquita.
Después de La Rumorosa el camino empieza a bajar, y abajo, a la derecha, se abre una planicie blanca que de día parece nieve y de noche no se ve de qué color es. Ahí es donde estaba el lago, antes de que se secara. Ahora es sal nomás, hasta donde alcanza la vista.
Fue exactamente ahí, al empezar la bajada, cuando don Beto estiró la mano sin dejar de manejar y apagó la radio.
No la bajó. La apagó.
Y volteó la cabeza —nomás un poco, lo justo para dejar de ver el fondo del lago por su ventana— y se quedó viendo derecho al camino, con la cara seria, como el que pasa junto a algo que no quiere reconocer.
Mi jefa se despertó con el cambio, o a lo mejor ya no estaba dormida del todo, y sin que nadie le dijera nada hizo lo mismo: volteó la cara hacia el pasillo, hacia mi lado, dándole la espalda a su propia ventana.
Yo era la única que seguía viendo para afuera.
—¿Por qué apagaron la radio? —le pregunté quedito.
—Ahí no se cuentan —dijo mi jefa, sin abrir mucho los ojos.
—¿No se cuenta qué?
No me contestó nada más. Se acomodó otra vez contra mi hombro, de espaldas a su ventana, y yo me quedé con la pregunta entera y sin dueño, que es la peor manera de quedarse con una pregunta.
El camión bajó al fondo del lago. Las llantas pasaron sobre un guardaganado, esa parrilla de metal que ponen en la carretera, y empezó el traqueteo parejo que hacen siempre —tá-tá-tá-tá—, la vibración subiéndote por los pies hasta los dientes.
Y se cortó a la mitad.
No se apagó despacio, como cuando el camión ya pasó el guardaganado entero. Se cortó, asá nomás, con la llanta todavía sobre el metal. Sentí el golpe seco de que algo se quitó de encima, y adentro del camión se quedó tan quieto que se oían los resortes del asiento de adelante acomodándose solos.
Volteé para afuera.
En la sal había luces.
No eran faros de otro camión, porque no había carretera de ese lado, nomás lago seco hasta el cerro. Eran chiquitas, amarillas, parejas, y no iban rápido: iban a la altura de alguien montado a caballo, en fila, una detrás de otra, sin levantar polvo, como si la sal no les pesara.
Empecé a contarlas. No lo decidí, nomás me salió, igual que me sale con los postes y con los escalones.
Una. Dos. Otra que se sumó por atrás. Otra más.
Y todavía faltaban.
El camión agarró velocidad al cruzar el llano y las luces se me empezaron a quedar atrás, pero yo seguía contando, con la frente pegada al vidrio, y en algún número que ya no sé decir el camión subió el talud del otro lado y el lago se perdió detrás del cerro.
Me quedé con la cuenta abierta, como un cajón que no cierra.
TresDomingo, martes, jueves
Llegamos a Tijuana pasada la medianoche y nos quedamos en un cuarto que mi jefa había apalabrado con una señora de la colonia donde iba a trabajar. Chico, con una cama y un catre, y una ventana que daba a un patio de tendederos.
El domingo no dormí. Me quedé viendo el techo, contando las manchas de humedad, y cuando amaneció seguía con los ojos abiertos y la cuenta sin terminar, porque las manchas se me juntaban unas con otras y tenía que volver a empezar.
El lunes fui bien, o eso pareció. Entré a la escuela nueva, una maestra me presentó al grupo y yo repetí mi nombre cuando me lo pidieron, y nadie notó nada raro porque todavía no había nada que notar, o nomás no se veía todavía.
El martes no comí. Mi jefa hizo huevo con papas, que es de lo que más me gusta, y yo agarré el tenedor y lo dejé ahí, viendo el plato como si fuera una tarea que alguien más tenía que hacer. Comí un bocado, tal vez otro, y ya no pude más, aunque no me sentía llena.
—Cómete aunque sea la tortilla —me dijo mi jefa.
Agarré la tortilla de harina, la enrollé, y la dejé enrollada sobre el plato sin morderla.
El miércoles la maestra me mandó a la dirección nomás porque me quedé viendo el patio por la ventana del salón, sin oír que me llamaban, hasta que una compañera me tocó el brazo. En la dirección me preguntaron si estaba bien y dije que sí, y como dije que sí no pasó nada más.
El jueves mi jefa me estaba abrochando el suéter porque hacía frío esa mañana, y me puso la mano en el hombro para acomodarme el cuello, y se quedó con la mano ahí más tiempo del necesario.
—Kenia.
—Mande.
—¿Qué tienes en el hombro?
Le dije que nada. Ella me apretó otra vez, despacito, con los dedos, como cuando se busca algo frágil sin querer romperlo.
—Se te siente el hueso —dijo—. Aquí. Se te siente el huesito.
No supe qué contestarle. La neta ni yo sabía que se me sentía.
Esa misma semana, dormida, mi jefa me oyó hablando en la cama. No gritos ni pesadillas, nomás una vocecita despacio, pareja, contando algo que no se le entendía, con pausas iguales entre número y número, como si rezara un rosario que no era rosario.
Cuando me hablaba de día, por mi nombre, yo tardaba en contestar. Y a veces, en lugar de decir «mande», se me salía un número. Uno cualquiera. Ella me llamaba «Kenia» y yo le contestaba «cuarenta y uno» o cualquier otra cifra, sin darme cuenta de que no era lo que tocaba, hasta que veía la cara que ponía.
Adelgacé rápido. Se me aflojó el uniforme nuevo que apenas me había comprado mi jefa, con el dinero contado, para la escuela de allá.
—Ya ni modo —dijo ella una noche, más para sí misma que para mí, y se fue a la cocina a lavar los trastes que ya estaban lavados.
CuatroEl número
Un sábado mi jefa me llevó con ella a la Central, porque tenía que recoger un paquete que mandaban de Mexicali, y ahí nos encontramos a don Beto, que estaba en su descanso entre ruta y ruta, sentado en una banca con un café de máquina y el uniforme de la línea todavía puesto.
—Quihubo, morra —me dijo, sonriendo con toda la cara, porque se acordaba de mí del camión—. ¿Cómo andas?
Y yo, en vez de decirle «bien», le dije un número. No sé cuál. Se lo dije igual de tranquila que si fuera mi nombre.
Don Beto dejó de sonreír. Se quedó viéndome un rato largo, con el vasito de café a medio camino de la boca, y luego volteó a ver a mi jefa, que estaba de espaldas platicando con el señor del paquete y no había oído nada.
—Señora —le dijo, parándose de la banca—, algo trae la niña.
Yo no me acuerdo de haber dicho «niña» ni de que me hubiera molestado que me dijera así. Ya para entonces me daba lo mismo casi todo.
Mi jefa me llevó al doctor esa misma semana, al del Seguro, después de formarse desde las seis de la mañana con una ficha de papel en la mano. Cuando por fin nos tocó, el doctor me pesó en una báscula de las de aguja, me midió contra la pared con una regla de metal, me revisó la garganta con una paleta de madera, como si buscara algo que ya sabía que no iba a encontrar, y mandó que me sacaran sangre en un laboratorio del pasillo de junto, donde me dieron otro papel con otro número para esperar mi turno.
No encontró nada.
Eso fue lo que más desesperó a mi jefa, más que si el doctor hubiera dicho algo grave. Que dijera «está bien» mientras a mí se me veía por fuera que no lo estaba. Dijo que a lo mejor era el cambio, la mudanza, los nervios de la escuela nueva, y nos mandó a la casa con una receta de vitaminas que yo tampoco me tomé completa.
En la calafía de regreso, con la bolsa de las vitaminas en las piernas de mi jefa, me acuerdo de que iba viendo pasar los postes de luz por la ventana y que los empecé a contar sin querer, y en algún momento del camino sentí, bien adentro, algo que ya había sentido antes, como una voz metida detrás de la mía:
Y todavía faltaban.
CincoLa sal
Doña Herminia vivía calles arriba de donde nos estábamos quedando, y todos en la colonia sabían que ella sabía. Mi jefa fue a buscarla un martes en la tarde, y doña Herminia llegó esa misma noche con una bolsa de mandado.
Era una señora seria, de pocas palabras, con las manos grandes para lo chiquita que era. Sacó de la bolsa un manojo de ruda, otro de romero, y un huevo blanco, normal, del cartón de la tienda.
—Párate aquí —me dijo, sin más preámbulo—. Brazos abiertos.
Me paré. No pregunté nada, porque ya no tenía ganas de preguntar nada, y eso también daba miedo si uno se ponía a pensarlo.
Me pasó los manojos por todo el cuerpo, de arriba abajo, primero por un lado y después por el otro, sin subir nunca, siempre bajando, como quien barre algo hacia la puerta. La ruda olía fuerte, a verde amargo. Iba diciendo algo entre dientes que no alcancé a entender ni me importó entender.
Después agarró el huevo y me lo pasó igual, despacio, con más tiempo en la cabeza y todavía más en la nuca, ahí se detuvo un buen rato, apretando poquito.
No explicó nada de lo que hacía. Ni entonces ni después. Mi jefa tampoco preguntó.
Cuando terminó con el huevo, doña Herminia metió la mano otra vez a la bolsa de mandado y sacó una bolsita de plástico chica, amarrada con un nudo, con algo blanco adentro que parecía azúcar y no lo era.
—Sal de la laguna —dijo, nomás eso—. De la de a de veras, la que se trae del fondo del lago.
Me puso un puño en la mano y me cerró los dedos encima con las suyas.
—Vas a la puerta, la avientas para allá, hacia el rumbo de donde viene. Y mientras la tengas en la mano, la vas contando.
Eso último no me lo esperaba, y creo que fue lo único que de veras me movió algo por dentro en todas esas semanas: que alguien, en vez de pedirme que dejara de contar, me estuviera mandando a hacerlo.
Fui hasta la puerta del cuarto y la abrí. Afuera estaba oscuro, hacia el lado por donde entra la carretera que baja de La Rumorosa, aunque de ahí a la Laguna Salada hubiera un resto de camino.
Abrí la mano despacio, dejando caer la sal grano por grano, contando sin apurarme y sin volver a empezar aunque se me perdiera algún número entre los dedos, hasta que ya no quedó nada en la palma.
Fue ahí, con la mano todavía abierta y la vista clavada en la calle, que oí a doña Herminia llamarme desde adentro:
—Kenia Guadalupe Osuna Rendón.
La oí clarito. Y clarito sentí también que la voz se me quedaba atorada a medio camino de la boca, como una piedra que no rueda.
Volvió a llamarme igual, apellido por apellido, sin gritar y sin repetir más fuerte, y algo adentro se movió tantito, aunque todavía no me salió nada. Y bien al fondo, debajo de todo lo demás, algo en mí seguía en lo suyo, terco, sin soltar la cuenta:
Y todavía faltaban.
A la tercera, ya no fue ella la que llevaba la cuenta de las veces. Fui yo. Sentí que me tocaba, como quien sabe que ya le llegó su turno en la fila, y contesté antes de pensarlo siquiera.
—Aquí estoy.
Y no era un número. Me oí decirlo y supe que era mi voz de siempre, la de antes, y se me llenaron los ojos de lágrimas sin que supiera bien por qué, y me dio un hambre espantosa, de esas que duelen.
Doña Herminia partió el huevo contra la orilla de un vaso y dejó caer la clara adentro, y se quedó mirando las formas que hacía sin decir qué veía. Después tiró todo por el fregadero, enjuagó el vaso dos veces, y lo dejó boca abajo a escurrir.
Se limpió las manos en el delantal.
—Ya —dijo—. Ahora a comer algo, que trae la panza vacía.
Y se fue, sin despedida de más, con su bolsa de mandado ya casi vacía colgando del brazo.
SeisLa calafía de las cuatro
Esa noche cené como si llevara un mes sin probar bocado, y dormí de corrido hasta que me tuvo que despertar mi jefa para la escuela.
No me volvió a pasar nada raro después de eso. Dormí bien, comí bien, contesté a mi nombre a tiempo cada vez que me llamaron, y en un mes ya tenía otra vez llenado el uniforme. Estoy bien, y así he seguido.
Sigo contando. Eso no se me quitó, ni doña Herminia lo intentó, ni yo hubiera querido que lo intentara. Cuento los escalones de la escuela nueva, cuento las tortillas que salen del comal, cuento cuántas paradas faltan en la calafía. Nomás que ahora, cuando el conteo se me queda a la mitad, ya no se me hace un cajón atorado por dentro. Se me queda nomás a la mitad, y ya.
Desde entonces, cada vez que cruzamos de noche para Mexicali o para Tijuana, pasa lo mismo en ese tramo del camino: don Beto apaga la radio sin que nadie se lo pida, mi jefa voltea la cara hacia el pasillo, y yo también volteo.
La última vez, ya subiendo el talud del otro lado del lago, volteé tantito hacia atrás del camión, nomás por costumbre de ver quién se queda dormido y quién no.
Hasta el fondo, pegado al vidrio de la última ventana, había un morro que yo no había visto subir en ninguna parada.
Tenía los labios moviéndose, parejo, como quien cuenta algo, y no se le oía nada.
No lo conté. Ni un número, ni nada. Nomás lo vi, y volteé para adelante otra vez, y ahí se quedó.