El bulto del callejón Holtzinger
Puerto de Veracruz
El mandadero
En mi patio me decían el mandadero, y no nada más a mí: a todos. Si faltaba sal, iba yo. Si había que avisarle a alguien que la luz se había ido, iba yo. Mi mamá plancha ropa ajena desde que tengo memoria, con una plancha de las de antes que huele a quemado limpio cuando la calienta sobre la ropa de otras casas, y como ella no puede dejar la tabla a medio vestido de nadie, la que salía corriendo por lo que hiciera falta era yo.
Lo que nadie sabía, y que yo tampoco hubiera sabido decir entonces, es que volver con las manos vacías me caía como si me hubieran regañado sin motivo. Si mandaban por pan y ya no había, yo traía otra cosa: un dulce de la esquina, o nomás la razón de por qué no había, dicha con tantos detalles que pareciera mercancía. Un día me mandaron a cobrarle a doña Licha de la otra cuadra y no tenía para pagarme; volví con dos limones que ella misma me dio, "para la ganancia", dijo, y yo los entregué igual, ya completo el mandado. Mamá se reía de eso. Yo no le veía la gracia. Para mí, volver sin nada era volver mal.
El callejón de Holtzinger quedaba a media cuadra de la casa, angosto, con ropa tendida de una pared a la otra y patios chuecos a los dos lados. A la entrada, empotrado en la pared, había un nicho con la Virgen adentro, su reja de fierro y su veladora. La encendía doña Chole, la del patio de junto, todas las tardes al oscurecer, y la apagaba en la noche antes de acostarse. Yo la vi hacerlo cientos de veces: se paraba frente al nicho con el cerillo ya prendido, como quien saluda a una vecina, y le daba los buenos días aunque fuera de noche, porque decía que para la Virgen siempre era de día.
El nicho era mueble de la calle, ni más ni menos. Ahí jugábamos con el charpe cuando doña Chole no nos veía, ahí se paraba la gente a platicar con el norte pegándole en la espalda, y una vez vi que alguien le dejó una flor en el escalón, una nomás, sin decir nada, y se fue. Nadie se persignaba cada vez que pasaba. Era parte del callejón, como los portales eran parte del zócalo.
Toño, mi hermano, el socoyote de la casa, tenía cinco años y una perrilla en el ojo derecho que no se le quitaba con nada. Meche, la grande, tenía catorce y ya planchaba con mi mamá los sábados. Y yo tenía once, y era el que iba.
La veladora apagada
Esa noche mi mamá me mandó a apagar la veladora porque doña Chole había ido a Boca del Río a ver a su hermana y no iba a volver hasta el día siguiente. —Apágala tú, que ya es tarde —me dijo, sin levantar la vista de la plancha.
Fui. El callejón de noche no era el mismo callejón: la ropa tendida se veía como sábanas colgadas para un entierro, y el olor a cera de la veladora se sentía antes de llegar, mezclado con el pescado del mercado que el norte arrastraba desde el malecón.
La veladora ya estaba apagada.
Eso no me cuadró, porque doña Chole la apagaba siempre antes de dormirse, no antes de irse, y ella se había ido en la tarde. Me quedé viendo la llamita que no estaba. Y entonces, en el escalón del nicho, vi el bulto.
Era del tamaño de dos manos, envuelto en una servilleta de tela, amarrado con hilo. No lo abrí ahí. Lo cargué con las dos manos y me lo llevé a la casa, hasta el lavadero, que olía a jabón de barra y esperaba la ropa del día siguiente.
Desamarré el hilo.
Adentro no había nada. La servilleta estaba vacía. Por dentro estaba caliente. No tibia: caliente de verdad, y no había manera de que estuviera así.
Levanté la cara. Del otro lado, sentado en el escalón de la puerta de junto —la de la señora que rentaba el cuarto solo, que llevaba meses vacío— había un niño chiquito. No lo conocía. No era de ningún patio de la cuadra, y eso yo lo sabía porque conocía a todos los niños de todas las cuadras cercanas, por el mandado. Me miraba el lavadero, no a mí.
Cuando volteé otra vez hacia esa puerta, estaba cerrada. Y siempre había estado cerrada.
Lo que dijo doña Chole
Doña Chole volvió al otro día por la mañana y lo primero que hizo, antes de dejar la bolsa en su cuarto, fue ir al nicho. Ahí me encontró, porque yo llevaba un rato mirando la reja sin saber bien qué buscaba.
—La veladora amaneció encendida —me dijo, seca, como quien informa. Yo no la había encendido. Nadie de la casa la había encendido. Y la cera, que siempre se corre hacia afuera, se había corrido hacia adentro, formando un charco chiquito en el centro.
Ella no lo vio pasar. Se lo contó una comadre suya, que tampoco lo vio: se lo había dicho otra. Así llegan estas cosas al callejón, de boca en boca, y para cuando llegan a uno ya nadie sabe quién las vio primero. Lo que sí contó doña Chole, sin adornarlo, fue el resto: un nudo en la servilleta que yo no había hecho —yo até el mío de lazada simple y éste, al desamarrarlo esa noche, había venido con una vuelta que yo no sé dar—, y una tela que no era ni de mi casa ni de ninguna de las otras del patio: mi mamá conocía la ropa de todo el mundo de ahí de tanto plancharla, y ésa no la había visto nunca.
De lo demás no dijo palabra, y yo no le pregunté por el niño de la puerta cerrada. Ya tenía suficiente con lo que sí me habían dicho.
Esa tarde llovió tantito, y la casa olió a tierra mojada y a plancha caliente al mismo tiempo, y todo siguió igual que siempre.
Los días
El miércoles amaneció con fiebre. De las que hacen sudar y no dan frío al mismo tiempo, que es peor. Mi mamá me tocó la frente con el dorso de la mano, como hacía siempre, y no dijo nada, pero me dejó en la casa.
El jueves no comí. Ni el pan, que hasta entonces yo me comía siempre, con todo y que fuera el último pedazo. Mi mamá lo notó antes que yo.
El viernes no dormí. Me desperté como a las dos de la mañana y me fui a sentar al lavadero, a oscuras, sin encender nada, porque la luz, de repente, se me hacía de más. Meche me encontró ahí dos noches seguidas y fue ella la que lo dijo primero, en voz baja, para que no la oyera yo: que su hermano se estaba sentando en lo oscuro a propósito, y que eso no era normal en mí, que de chico le tenía miedo a estar a oscuras de noche.
El sábado dejé de ir. A mí, que era el mandadero del patio entero, me mandaron por el pan y no me levanté. Me mandaron a avisarle algo a doña Chole y tampoco. Eso lo notó todo el patio, porque a todos empezó a faltarles algo: faltaba la sal, faltaba el recado, faltaba yo.
Y hubo una cosa que nadie más entendió, pero que mi mamá sí guardó, porque me lo contó después, años después, cuando ya podíamos reírnos: que cuando Toño me llamaba desde la puerta, yo tardaba. No mucho. Un segundo, dos. Pero tardaba en contestar a mi nombre, como si primero tuviera que acordarme de que era yo. Toño, que decía las cosas tal como las veía, se lo dijo a ella con esas palabras: que Chuy se tardaba en ser Chuy.
El médico
Nos fuimos al consultorio del médico del puerto, el que veía a medio callejón por las tardes. Me pesó, me revisó la garganta, me hizo abrir y cerrar la mano.
No me encontró nada.
—Tómele agua, señora Reyes —le dijo, y anotó una fecha para volver si seguía igual.
Volvimos caminando por los portales, sin hablar mucho. Mi mamá traía a Toño de la mano y yo caminaba despacio, sin ganas de nada, mirando el piso.
La cera corrida
En la casa probaron lo suyo primero: la camiseta con las costuras para afuera, un hilo rojo apretado en la muñeca. Me quedé mirando cómo ella misma me lo amarraba, rápido y sin decir nada. Después el té, después taparme hasta el cuello sin que hiciera frío. Yo seguí tardando en contestar a mi nombre, y el domingo tardé más que el sábado.
Fue doña Chole la que dijo que había que hacer otra cosa. Ella no cobraba, no tenía consultorio ni receta escrita, y no explicaba lo que hacía; nomás lo hacía, como llevaba veinte años encendiendo y apagando una veladora sin que nadie le preguntara por qué le tocaba a ella.
—Trae la jiribilla metida —le dijo a mamá, mirándome las manos, que no se me estaban quietas—. Eso no es cábula. Yo sé lo que veo.
—Y tú —me dijo a mí, sin verme— ya no le des más motivos a tu mamá para no dormir.
Raspó la cera corrida del nicho, la que había amanecido hacia adentro, la calentó en una cuchara sobre la lumbre de su cuarto, y con la cera todavía tibia me selló las muñecas, la nuca y las plantas de los pies. Olía a copal, del santo que tenía en su mesa, y a la misma cera de siempre. Rezó bajito, sin que se le entendiera todo. Y a ella le dijo que fuera hasta la boca del callejón, no desde la casa sino desde donde me habían traído, y que ahí gritara mi nombre entero, apellidos y todo, tres veces seguidas.
La primera vez que mi mamá gritó "¡Jesús Domínguez Reyes!" desde la boca del callejón, yo la oí lejos, como se oye una voz cuando uno está por dormirse. La segunda vez la oí más cerca. La tercera vez contesté antes de pensarlo, sin darme tiempo de tardar.
El bulto
Al otro día me sentía yo otra vez, y lo supe porque me comí el pan entero sin que nadie me lo tuviera que recordar.
Pero faltaba una cosa, y la hice yo solo, sin que nadie me mandara. Amarré la servilleta con mi propio nudo, el de lazada simple que sé hacer desde chico, y la llevé al escalón del nicho, donde la puse con cuidado, casi como se deja una ofrenda.
Volví a la casa con las manos vacías.
Era la primera vez en mi vida que volvía así, y no me cayó como pensé que me iba a caer. No sentí que había vuelto mal. Sentí que había vuelto bien, por primera vez, sin traer nada.
Después
Quedé bien. Comí, dormí, contesté a tiempo cuando me llamaban. Seguí siendo el que va a todos lados, y hasta la fecha no soporto volver con las manos vacías si me mandan por algo. Eso no se me quitó, y ni falta que hacía.
Meses después pasé por el callejón de Holtzinger de día, con la ropa tendida como siempre y la gente pasando para todos lados. Eran como las once de la mañana y la veladora del nicho estaba encendida. Doña Chole, que era la que la encendía, venía llegando apenas por la otra esquina, con los cerillos todavía en la mano.
No le dije nada. Ella tampoco a mí.